Sostiene Javier Reverte que todo viaje es rendir homenaje a La Odisea, no tanto por el destino, sino por aquello que descubres de ti mismo y que aprendes durante la travesía. La encantadora villa de Carmel-by-the-Sea, ubicada en las costas del sur de la Península de Monterey, brinda al viajero la oportunidad de una experiencia de redescubrimiento. Todo en ella es bohemio, su origen –por ejemplo– se debe a escritores y artistas locales, que buscaban un sitio para el desarrollo del arte. Sin este dato no es posible entender el por qué no hay farolas ni números de casa, obligando a que las casas se identifiquen según el paso de peatones o el árbol más cercano. A la noche, la única luz permitida es la que emana de la luna y las estrellas. El ambiente parece de otra época, o de un set de película, como si estuviésemos en el pueblo de Crepúsculo, por ejemplo.
Homero tenía razón al sostener que la vida te depara las mayores sorpresas cuando menos te lo esperas. Y ahí, en una pequeña casita de estilo francés, Carmel oculta una de las mayores sorpresas de toda California: el francés Chistofe Grossjean, chef del restaurante L'Auberge y quien sostiene que el sazón está hecho de recuerdos. Todos sus platos provienen de la granja que el hotel posee y Cristofe escoge él mismo los ingredientes de sus platos, en una tradición que según me contará más tarde vio en su abuela. En si, su cocina fusiona las raíces francesas con la diversidad de California. La cena fue surperlativa, como ese banquete que describe Homero en La Odisea en el que Circe agasaja a Odiseo: verduras en pasta, pato y quesos con gel de coñac, rissoto, pato con paté de durazno, venado en salsa de chocolate y el postre, una especie de champán helado con crema de galleta. Tremendo banquete estaría incompleto si no tomase en cuenta al otro atractivo de la región: el vino. El objetivo es brindar una sobremesa sin estrés, que mezcle sabores y sazones del mundo; producto siempre del fuego lento, y la cocina sana.
- Tu objetivo, le digo a Cristofe, es el sabor de Itaca.
- Bueno, Homero era un viajero, un poeta. Alguien que también construye cosas a partir de los recuerdos. Pero Itaca ya sólo es posible en la globalización y en ese sentido, nosotros pretendemos la honestidad, me responde.
En efecto, Carmel no te engaña. Su costa tiene un montón precipicios rocosos con playas arenosas en rincones escondidos, que recuerdan a Irlanda. Sobre los peñascos, encontramos antiquísimos árboles cipreses que crecen aferrados frente al vacío y que inspiraron la bellísima canción Blowing in the wind de Bob Dylan. Las aguas del Pacífico son frías para nadar, pero se han convertido en un santuario para los surfistas, que sostienen que si algo no produce dolor no da placer. Desde muy temprano, las playas están a rebosar de personas esperando por la ola perfecta.
No hay engaño: la serenidad y belleza que te transmite Carmel nunca te abandonan. Al regreso, cuando el viaje se transforma en conocimiento, se desea que la vida sea como esas olas del Pacífico que viste crepitar calle abajo, que observes las tonalidades de las uvas al atardecer, las noches oscuras y azules, que los caminos estén llenos de aventuras y de experiencias. Que sean muchas las mañanas en que llegues -con placer y alegría- a puertos antes nunca vistos. Sí, en Carmel, decíamos, la idea de Itaca sigue viva.
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