miércoles, 18 de noviembre de 2009

El regreso a la ruta de Cortés


Desde pequeño me han gustado muchas cosas, pero particularmente dos: los viajes y las buenas historias. Nada mejor que éste viaje para conjugar ambas. Cortés, unas veces héroe; otras, villano. El conquistador de México, el Alejandro americano. Sea la versión que se le quiera dar a Cortes no se puede negar que este español, originario de Badajoz, es una de las personalidades que por su carácter o sus excesos formaron la identidad del México moderno. Regresar a la ruta de Cortés ( visitar los lugares por los que la expedición del conquistador español pasó ) es hacer un viaje al México profundo, al México actual que nació de la simbiosis de dos culturas: la prehispánica y la española. El viaje comienza en el mejor lugar posible: Veracruz. Sentado en un rincón de la famosa Parroquia, espero a que me sirvan el café. Igual que todo mundo, no dudó en estrellar la cuchara contra el vaso. El mesero, en un acto de puntualidad, no tarda en aparecer con una tetera rebosante. El paso de vendedores de lotería, loros o incluso anunciantes que ofrecen el célebre El Dictamen, el diario más antiguo de México, deben darle a Veracruz un aspecto que no tenía cuando Cortés lo fundo. Sobre su fundación se ha escrito mucho, lo cierto es que Cortés y sus hombres fundaron el puerto con el dos únicos propósitos: el de volver a la legalidad de la Corona española ( que Cortés había roto al salir de Cuba sin una orden del gobernador Velásquez ) y la de que esta ciudad se convirtiera en el puerto de entrada al país. Hoy, ya sin viajeros intercontinentales de por medio, Veracruz sigue siendo el puerto más importante de México. Los restos de la ciudad que Cortes fundó han sido carcomidos por el tiempo y sólo queda en pie un cañón que recuerda, al mismo tiempo, que Cortés hundió su flota en estas costas y que con ellos bombardeó Tenochtitlán de una manera infame. Veracruz también nos recuerda que fue el último valuarte de la Colonia española. Situado frente al puerto, en la isla conocida como La Gallega, se encuentra San Juan de Ulúa, el fuerte que defendía al puerto de los ataques de corsarios y piratas. Aquí se filmó El Conde de Montecristo, pero su fama viene dada por que fue el último lugar que ondeo la bandera española en el continente americano. Pero volvamos a Cortés. En un principio, Veracruz estaba unos 40 kilómetros más al este de lo que se encuentra hoy. Era una zona pantanosa, donde habitaban los mosquitos y el paludismo no tardó en hacer mella. Por ello, la ciudad se trasladó a su situación actual. Cuenta la historia que al llegar a Veracruz, Cortés ya tenía en su expedición a Jerónimo de Aguilar y a Malintzin, conocida también como Malinche o Doña Mariana, una indígena de buena familia que había sido esclavizada. Aguilar, como cada mexicano debe saber, hablaba castellano y maya mientras que Malinche hacia lo propio con el náhuatl y maya. Con ellos dos, Cortés lo tenía todo: 400 hombres, un cañón, dos intérpretes y el valor necesario para adentrarse en tierras inhóspitas en busca de esa fabulosa ciudad que todos le nombraban: Tenochtitlán.

No es muy difícil, hoy en día, seguir los pasos de la expedición de Cortés. Ya en los tiempos de la conquista, los mexicas habían levantado una serie de caminos de primer orden que comunicaban la capital con la costa del Golfo. Muchos de esos caminos estaban destinados al transporte de soldados, pues los mexicas eran un pueblo de índole guerrero, y bloqueaban el paso a la ciudad de Tlaxcala, máxima rival militar de Tenochtitlán. Hacia ahí debió dirigirse Cortés en un primer momento. La ciudad ha cambiado muchísimo desde que Cortés la visitó por primera vez. En sus Cartas de relación, dirigidas al monarca español Carlos I, Cortés nos habla de una ciudad más grande que Granada, con tierras espléndidas y donde se siembra todo tipo de vegetales. Sin embargo, hoy, aquellas tierras fértiles han sido abandonadas y el Estado de Tlaxcala es uno de los más pobres de toda la República. La ciudad, sucia, desprende un olor a piedra vieja, a sahumerio y a todo tipo de comida y chiringuitos. Decía Humbolt que un país rico debe poseer un olor propio; sí aquello fuera cierto Tlaxcala - y en general todo México - sería algo así como Manhattan o Silicon Valley. Incluso, al caminar por esta ciudad, se advierte difícil imaginar lo que pudo haber sido la ciudad prehispánica. Mucho de lo que los españoles hicieron después de la conquista fue arrasar los templos paganos y construir sobre ellos iglesias cristianas. Sobre los palacios de los reyes y príncipes, los conquistadores construyeron sus casas, a la usanza castellana y romana.

En Tlaxcala se puede ver, sobre la piedra de las iglesias, el bajorrelieve prehispánico. Es esto, pues, el sincretismo mexicano. La vieja formula romana de usar todo aquello que sea útil para la causa. Cortés en ello es un experto. Quizá sea cierto aquello que la historia nos señala sobre la figura de Cortés: que estudio en Salamanca, donde aprendió latín e historia. Esto nos explicaría todas las semejanzas que Cortés tiene con el héroe macedonio, Alejandro. Ambos se adentran en territorios inmensos, muchas veces desconocidos, con pocos hombres, pero con la ventaja que da una mejor técnica militar. También intentan lograr la unidad de sus conquistas mediante el casamiento masivo con autóctonas. Incluso ambos se preocupan por la expansión de la cultura ( aunque en el caso de Cortés la cultura es entendida como cristianización ) y, por supuesto, ambos son protagonistas de grandes excesos en pos de sus hazañas. Cortés, en concreto, tiene una que nadie le olvidará. Después de pasar casi veinte días en Tlaxcala - poniéndose al corriente de lo que era la situación política en el México prehispánico - Cortés y su expedición salieron rumbo al Valle de México. Antes, pasaron por la ciudad de Cholula, hoy estado de Puebla. Allí fueron recibidos por una especie de comisión enviada por Moctezuma II, emperador de los mexicas, quien estaba todavía indeciso entre atacar o pactar con los españoles. La historia recuerda que en Cholula, Cortés mató a cerca de treinta mil hombres a los que acusó de traición. Esta matanza produjo un gran asombro entre los mexicas, provocando que Moctezuma decidiese no atacar y permitir a los españoles entrar en la capital. Hoy, Cholula, nos recuerda todavía aquella masacre, pues la pirámide en la que, supuestamente, se fraguó la conspiración antiespañola sigue en pie. Es extraño que los españoles no hayan derribado la pirámide y que decidiesen construir una iglesia en lo alto de la misma. Pero quizá no lo es tanto al advertir que Cholula, después de aquello, quedó casi vacía de indígenas. No había, pues, la necesidad de hacer complicadas construcciones que sirvieran como elemento para la evangelización de las almas. En la Cholula de hoy habitan muchos mestizos, que viven en los alrededores y que se reúnen los miércoles alrededor del mercado. En el se puede encontrar de todo: champú, mascotas, comida. Y da risa leer ( en un gran letrero que sobresale por encima del mercado ): ' evite cobrarle lo que rompan sus hijos '. Hasta en este lugar, el Mercado ha logrado penetrar de una forma que podría parecer insultante para con la Historia. El 9 de noviembre de 1519, cinco meses después de haber fundado Veracruz, Cortés y sus hombres deciden poner camino rumbo a la ciudad de México.

Para llegar a la ciudad cruzan los volcanes del valle de México, el Popocateptl y el Iztlaccihuatl. La travesía, como el paso de Alejandro por el Hindú kush o el de Aníbal por los Pirineos y los Álpes, nunca vista en el México de entonces, resulta todo un hito. La ruta de Cortes entre lo que hoy es el municipio de Amecameca y la delegación de Iztapalapa recibe el nombre de Paso de Cortés y fue utilizado mucho tiempo después como paso de las tropas norteamericanas en su camino hacia la capital del ya México independiente. Amecameca es un lugar tranquilo, con noches estrelladas, preciosas, y con una vista de los volcanes muy sui generis. Actualmente hay grupos de observadores, vulcanólogos, que trabajan en la región monitoreando las continuas fumarolas que el Popo arroja. El ' paso de Cortés ', antes militar, se ha vuelto científico. La llegada de los españoles a Tenochtitlán debió ser una fuerte conmoción a doble bando. Por una parte, los mexicas jamás habían visto caballos, arcabuces o, incluso, gente barbada. Por otra, los españoles nunca imaginaron el alto desarrollo de los mexicas. Bernal Díaz del Castillo nos cuenta en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España que al ver Tenochtitlán por primera vez creyeron ver una ciudad tan grande - o más - que Constantinopla, con torres que se levantaban desde el agua. La ciudad de México, por entonces y como todos los mexicanos y chilangos debemos saber, era una laguna.

La llegada de los conquistadores no significó la conquista inmediata. Cortés aún tardaría en tomar Tenochtitlán. Primero apresaría a Moctezuma, luego le mataría y abandonaría la ciudad como resultado de una revuelta - el célebre episodio de la Noche Triste, donde se dice que Cortés humanamente lloró -, se trasladaría a Tlaxcala para hacer los preparativos de conquista. Mientras, en la ciudad de México, una epidemia de viruela arrasaba a la población indígena. Así, dos años después de que Cortés entrase en Tenochtitlán, y después de un bombardeo atroz con barcos y cañones sobre la laguna, la ciudad se rendía. A la par que Cortés y sus hombres levantaban una nueva ciudad, en las orillas del lago el conquistador mando instalar su palacio. Este, fue el primer barrio de lo que hoy es la capital de la República y recibió el nombre de Coyoacán. Aquí es donde termina la ruta de Cortés. En éste lugar donde mandó instalar seis mil casas para él y los suyos. Es, quizá, la mejor y más clara muestra del México profundo. En contraste con otras zonas de la capital, mucho más modernas, contaminadas y con ruido, Coyoacán ofrece su singular aislamiento al visitante. Lugar propicio para los amantes ( ya Cortés mandó instalar el palacio de su amante Malintzin en este barrio ), para los comerciantes ( el fin de semana la plaza se renueva con gente venida de otras partes ) y para todos aquellos bohemios ( se pueden encontrar miles y miles de cafés, librerías, plazas y parques públicos para leer, conversar o simplemente tirarse un rato ). La vida de Coyoacán es lenta, como si se aferrase a un pasado que se resiste a irse pero que tampoco se queda. Un pasado que comenzó más allá, en el otro lado del océano y que nos sigue indicando cual es nuestro origen: aquí y allá. España y Tenochtitlán.

viernes, 7 de agosto de 2009

Postales de San Francisco


Pocas ciudades admiten que se les describa en una palabra. San Francisco, sin duda, es una de ellas. Irreverente. Cómo no serlo, siendo la cuna de John Steinbeck -Nobel en 1962 por obras como Las uvas de la ira y Al este del Edén-, de Jack Kerouac y su En el Camino o el beat Bob Kaufman. Aún ahora es un intenso centro cultural, en el que dan charlas y recitales personajes como John Waters o Joan Báez. La irreverencia se expresa en movimientos, en continuos debates por todo el famoso barrio The Mission, con sus murales evocando la lucha por la liberación sexual, las banderas del arcoiris en Castro –todavía esta fresco el recuerdo de Harvey Milk–, y los estantes de las librerías en la Columbus Avenue, donde encontrará los libros más raros de cuentos pueda imaginar.

Siendo un puerto, San Francisco es una de las ciudades más multiculturales y diversas del mundo, en torno de barrios pintorescos como Chinatown, las casas victorianas de Alamo Square, la elegante Union Square, el hippie Hight Ashbury o el cada vez más turístico Fisherman’s Wharf, al que todo mundo dice odiar pero te recomienda visitar a la hora de la cena. Capital de la vanguardia, del arte y también de la rebeldía –quién podría olvidar que el verano del amor se celebró en la ciudad, en el Golden Gate Park o que la poesía de Allen Gingsberg se publicó por primera vez en la ciudad–, San Francisco es sobre todo una ciudad en eterno movimiento sobre tal o cual tema, con un pie ya en el futuro –está al borde de Silicon Valley, el gran centro de la tecnología y la informática– pero otro todavía puesto en su pasado y tradición, en aquellos tiempos ya míticos de la fundación, cuando fray Junípero Serra, impulsaba la creación de misiones a lo largo de California. Su historia da buena fe de ello, por ahí pasaron: piratas, balleneros, vagabundos, comerciantes y aventureros buscando suerte y fortuna en la región. Aquí empezó la fiebre del oro, echando con ello las raíces de la ciudad que es hoy, ocasionando con ello la “imagen” de tierra prometida, que vemos al principio de Las Uvas de la Ira de Steinbeck.

Pero la ciudad ofrece también otras imágenes, rostros más públicos y visibles, que nos permiten llevarnos un cuadro completo de sus calles y sus habitantes.

POSTAL 1. EL GOLDEN GATE. La gran silueta del Golden Gate -literalmente Puerta Dorada- está unida a la iconografía de la ciudad, no por algo es el puente más famoso de San Francisco (aunque el principal es el Bridge Bay). El puente fue construido en la década de 1930, cuando la ciudad había crecido tanto que no había sistema de ferry eficaz para abastecer el transporte entre ambos lados de la bahía. Se recomienda hacer el paseo en bicicleta, para apreciar la impresionante vista que se tiene desde ahí. No hay mejor descripción que aquella que dejo Stevenson: se contempla la bahía perfecta. A la noche el puente se enciende y deja ver sus 1280 metros suspendidos y sus 227 metros de altura iluminados. En el lado sudeste del puente hay que parar en la Roundhouse, un lugar donde funciona un centro de recuerdos, regalos e información sobre el Golden Gate.

POSTAL 2. Union Square. El centro de San Francisco te permite sentirte como en El halcón maltés, la novela de Hammett ambientada en la zona. La plaza es un gigantesco punto de encuentro: de aquí se sale para los tours o para las compras, para tomar el cablecar hacia Fisherman’s Wharf. Es una de las mejores zonas del mundo para ir de compras. Además, las calles de los alrededores son famosas por sus galerías de arte, y los amantes de la arquitectura no dejarán de notar la Xanadu Gallery, con un interior circular como el Guggenheim de Nueva York: la única obra de Frank Lloyd Wright en la ciudad.

POSTAL 3. GALLETAS DE LA FORTUNA EN CHINATOWN. En el cruce de las avenidas Grant y Bush se encuentra el acceso sudeste a Chinatown, el barrio chino, considerado como el mayor del mundo fuera de Asia. Budas de todos los colores y tamaños esperan en las vidrieras, mientras las calles tienen nombre bilingües y en los negocios se lucen las hierbas, porcelanas, muebles y recuerdos orientales, procedentes de China, Taiwan y Hong Kong. Aquí están de parabienes los amantes de las artes marciales, el horóscopo chino, la caligrafía y los fuegos artificiales. Hay que hacer una pausa en uno de los restaurantes del barrio: ofrecen comida china auténtica, muy lejos de lo que puede probarse en otros lugares. Toda una aventura, que vale la pena por su variado abanico de olores y sabores, incluyendo sus famosos tés. Es imperdible, la famosa fortune cookies, una galleta con mensaje, típica de San Francisco, pues no existen en China. Incluso, es recomendable el ver cómo se fabrican en la Golden Gate Fortune Cookie Factory, ahí mismo en Chinatown.

POSTAL 4. EL AMOR LIBRE EN LOS TIEMPOS DE LA REVOLUCIÓN. Hay dos barrios que también simbolizan la actitud libertaria y las ansias revolucionarias de San Francisco. Uno es Castro, alma de la comunidad gay, y el otro Ashbury Hight, la Meca hippie.

Castro, que toma su nombre de una avenida, fue a fines del siglo XIX el asentamiento elegido por numerosos irlandeses, alemanes y escandinavos que llegaban en busca de tierras accesibles en las entonces afueras de San Francisco. Ellos construyeron sus casas victorianas, ideales para albergar familias numerosas, y las residencias que hoy restauradas le dan carácter y color al barrio. En 1970 se asentaron en él numerosos miembros de la comunidad homosexual. Aunque no todo fue fácil, el activismo gay se ha impuesto y se ha convertido en una atracción colorida y abierta, que brilla sobre todo con los neones de la noche. Hoy, el barrio es fácilmente identificable, pues por él ondean las banderas del arco iris.

La parte hippie está Hight Ashbury, el barrio donde floreció la rebelión pacifista, el flower power. Alcanza con mirar los nombres de los negocios (Dreams of Kathmandu, Pipe Dreams) para tararear a The Mamas and The Papas y revivir toda la nostalgia de los setenta. No puede faltar la visita a la Grateful Dead House, donde el grupo se instaló en los 60, y la Buffalo Exchange, la tienda por excelencia del hippismo. Por la noche, la visita a Lower Hight es obligada, con esas fiestas llenas de música dance.

Al llegar el momento de la partida, las postales se entrecruzan unas con otras, provocando un terrible sentimiento de añoranza. Es cuando se comprende que la irreverencia es justamente eso: nostalgia por ese trato, por ese ambiente y esta atmósfera. Sólo quién comprende el alma irreverente de la ciudad, la ha visto realmente, dice Sean Penn –celebre ciudadano de la ciudad–. Habría que agregar que, claro, el resto es sólo literatura… o cine

Los contrastes del Mítico Quiché


Amaneció temprano y con lluvia, con una niebla ligera. Las aguas mecían placidamente al barco y todo parecía entre penumbras, como en ese estado en el que aún el alba no acaba de llegar. A lo lejos, se vislumbraba la silueta de las montañas. A la mitad de la mañana, el cielo empezó a clarear y un cielo azul se fue presentando paulatinamente mientras las nubes abandonaban sus tonos grises para hacerse blancas. La luz dio otro sentido a la imagen, mucho más grandioso, transformando las aguas en un color mediterráneo y dejando ver las fumarolas de esas montañas - que en realidad son volcanes – y allá en el horizonte las siluetas de los poblados cercanos. Es ahí, a mitad del lago de Atitlán, cuando tomamos conciencia de que estamos en lo que fue el mítico Quiché, un territorio contrastante, en el que vemos una tierra dotada de volcanes protectores de culturas antiguas y coloreada con verde, azul y rojo, dando vida a pequeños pueblos. Todo ello nos inspira a emprender un viaje que nos llenará la retina de bellas imágenes y magníficos matices.

Todo país es una palabra y si nos preguntáramos sobre la palabra que define al viejo Quiché, tendríamos que usar renovación. Primero por que está dejando atrás la penosa situación de más de 20 años guerra civil que invadió toda Guatemala. Segundo, por que a los pocos años de firmada la paz, el mayor huracán – el trágico Stan - del que se tenga recuerdo en 200 años, sumió a todo el país en una profunda depresión. Aun así, sigue en pie, reconstruyéndose, abriendo nuevas salas de teatro, nuevos cines, nuevos bares y restaurantes. De eso nos podemos dar cuenta de enseguida, en las confortables zonas 10 y 11 de la Ciudad de Guatemala, tan llenas de tiendas y hoteles nuevos que parece que de pronto nos hemos adentrado a alguna capital europea. La capital nos depara agradables sorpresas, como la exclusiva Catedral; un edificio del arte barroco y que colinda con el Palacio Nacional, en la Plaza de Armas de la Ciudad. Es un templo grande, quizá el mayor de toda América Central, que se terminó a mediados del siglo XIX, habiéndose comenzado en 1782, por lo que el eclecticismo artístico es lo que la define. En su interior, en el museo episcopal, podemos encontrar los mayores tesoros del arte religioso centroamericano. Originalmente se encontraban en la Catedral de Antigua Guatemala, pero fueron reubicadas cuando se abandonó esa ciudad. La colección de orfebrería es impresionante, el manejo del oro y la plata y las piezas de jade demuestran la calidad de los artesanos mayas, que aprendieron la técnica de los primeros frailes y luego la perfeccionaron. El altar mayor y la Sacristía dan buena fé de ello. A fuera, en la Plaza de Armas, podemos observar las costumbres propias de los habitantes de la ciudad, como tomar un vaso de leche de cabra por 5 quetzales – poco menos de un dólar –. Justo enfrente de la Plaza de Armas, se encuentra el bar más famoso de la ciudad, El Portal, allá donde iba el Che Guevara cuando vivió en la Ciudad, a encontrarse con Miguel Ángel Asturias, que tiempo después ganaría el Nobel de Literatura. El lugar es interesante por que nos deja ver la sorprendente cocina guatemalteca, como la palomita de costilla al jerez – un plato costillas de res bañada en salsa dulce y arroz – o la famosa “cerveza mixta”, un híbrido entre lo que conocemos como campechana y michelada, con la particularidad de que la cerveza Gallo oscura le da a la bebida un sabor mucho más fuerte.

Toda renovación implica contrastes; entendiéndolos como ese converger complementario entre lo nuevo y lo viejo, entre el arte y la naturaleza, entre las tradiciones y lo moderno, entre el fuego y el agua. La velocidad de la capital frente a la placidez de Antigua Guatemala, la vieja ciudad colonial, es otro síntoma de ello. Quizá por que parece que el tiempo se detuvo en Antigua; el placer de caminar por ahí es extraño, como si uno anhelase toparse con los Tercios de Indias, esos ejércitos de la colonia que salen en las novelas del capitán Alatriste. Sus calles todas empedradas, como esperando a los carruajes y carretas, los antiguos escudos imperiales – los únicos que aún se conservan en toda América Latina – en la entrada de los edificios más emblemáticos, ver esas puertas con sus soportales y sus viejos zaguanes, sentarse en frente al edificio de la Capitanía – en la vieja Plaza de Armas – para observar el ritmo de la ciudad, tomar una Gallo en la preciosa e intima calle del reloj y bajar hasta el templo del hermano Pedro a observar las fumarolas de los volcanes, sin duda contribuyen a esta impresión. No es aventurado decir que La Antigua respira arte, como si fuese la sangre que corre por debajo de sus viejas alcantarillas. Hay que considerar que es una ciudad trazada en la corte del rey Felipe II, con Juan Bautista y Juan Herrera – aquellos que construyeron El Escorial, un palacio que hizo de la sobriedad un arte – como arquitectos principales. Por esa razón, sus planos son parecidos a los de un juego de Ta-te-ti o gato y quizá por eso mismo encontramos esos preciosos jardines y atrios en edificios detrás de puertas que parecen no esconder nada. En Antigua, todo está por descubrir.

Para tener un sentido artístico completo de Antigua es bueno visitar el Hotel Casa Santo Domingo, un antiguo convento de los dominicos que fue abandonado y hoy es un extraordinario y hermoso hotel. Mi recuerdo es gratísimo, casi al caer la última hora de la tarde, nos acercamos hasta su cafetería y su atrio para tomar un chocolate de agua, una bebida típica de Antigua. Justo en esos momentos, después de sentarnos en el atrio, el hotel se iluminó con 350 velas que dan a los antiguos claustros y capillas el mismo tono rojizo que tiene el ocaso. Todo un espectáculo que nos deja ver cómo las construcciones de la ciudad se iluminaban al caer la noche. Inmediatamente después de semejante demostración, nos invitaron a observar los nichos mayas sobre los que fue levantado el atrio del convento. Con ello, empezó un juego de luces, azules y naranjas que hacen ver al hotel – con sus tonos rojos por la luz de las velas – como un escenario del Drácula de Bram Strokker. Los amantes de lo gótico, no pueden perderse una visión semejante. Después para calmar el susto, y mientras nos tanteamos el cuello en busca de mordidas de vampiro, lo mejor es ir a la Fonda de Enfrente, en la calle del reloj, a comer un pollo al pipían – el plato nacional de Guatemala, servido con una salsa roja de guisantes, papas y judías verdes – o unos chiles rellenos de carne y verduras, con su forma redonda, similares a una torta de papa. Una verdadera joya de restorán, con ese ambiente colonial y ese patio perfectamente decorado en marrón claro que da otro significado a los manjares que sirven.

La vena artística la podemos encontrar también en el Convento de Santa Clara, donde está uno de los panópticos mejor conservados del mundo. El panóptico es una estructura semicircular que está dividido en habitaciones y que servía tanto para educar, como para vigilar y que fue muy famoso en la época de la Ilustración y la Inquisición. En si, desde cualquier habitación es posible ver hacia el interior de las otras. Cada una de estas habitaciones, que servían de cuarto a las monjas, comprende una superficie tal que permite tener dos ventanas: una exterior para que entre la luz y otra interior dirigida hacia el resto del círculo. Así, las ocupantes se encontrarían aisladas unos de otros por paredes y sujetos al escrutinio colectivo e individual de cada una de las otras habitaciones. Fue tan novedoso el concepto, que posteriormente se trasladó a las prisiones del resto de las colonias americanas. La impresión del panóptico se mastica mejor con unos tamales en La Cuevita del los Urquizú, justo en frente del convento, sobre la 2ª Calle Oriente. A diferencia del tamal oaxaqueño o chiapaneco, - mucho más chicos - el tamal chapín está compuesto por carne de cerdo y salsa pipian. En La Cuevita, sin duda, están los mejores de toda Antigua.

Saliéndonos de la ruta artística, podemos apreciar la naturaleza en los alrededores de Antigua. Lo más llamativo es llegar hasta la cima de algún volcán. Guatemala, en general, y el Quiché, en particular, están rodeados de ellos. Son toda una odisea y una experiencia sin igual, por que se logra ver los ríos de lava casi a un lado. La subida en si es dura y es recomendable que se lleve ropa cómoda y unos zapatos tenis o botas, pues se tarda una hora y media en llegar a la cima a través de un camino compuesto de tierra, piedra y hierba. Estar en la cima es una delicia, en medio de la naturaleza y en las faldas de un volcán, sintiendo todo ese calor contenido mientras uno camina por entre las piedras y lava. Lo mejor es subir a la mañana, ya que a la tarde tocará hacer el descenso a casi oscuras por el monte y sin una linterna, es más fácil caerse en ese sitio que sumar dos más dos. Lo interesante de subir a los volcanes es que nos brinda otra cara de Antigua: la de una ciudad muy gentil, rodeada de la fuerza bruta de la naturaleza. Y por supuesto, nos recuerda que fueron ellos quienes ocasionaron el temblor, allá por el año del 1773, que hizo que Antigua fuese abandonada.

En oposición al fuego que se respira en los volcanes de Antigua encontramos las frías aguas del Lago de Atitlán, famoso por que allí se retiró Aldous Huxley a vivir y lo llamó “ el lago más bonito de este y otros mundos”. Sus atracciones son variadas y presenta excelentes oportunidades para todo tipo de deportes acuáticos. Atitlán es un lago volcánico rodeado por una docena de pueblos con el nombre de los apóstoles de Cristo. Su nombre deriva de una palabra que significa “el lugar donde el arcoiris obtiene sus colores”. Por ello, podemos decir que es una mezcla donde las distintas culturas y donde los accidentes geográficos se han ido haciendo hueco unos a otros hasta completar un rompecabezas de dos idiomas, varias razas y seis volcanes con el terrible Toliman a la derecha de Panajachel, el poblado más importante, que cuenta con toda la infraestructura para una estancia de placentera. El lago cubre el territorio de ciento treinta kilómetros cuadrados y la distancia entre las dos orillas sobrepasa los diecisiete mil metros.

Panajachel hoy en día es un pueblo encantador, situado entre plantaciones de café, jardines y vegetación. En la década de los 60 del siglo pasado Pana, como se le dice cariñosamente, fue un refugio de jóvenes contraculturales o hippies, llegando a recibir el nombre de Gringotenango, pero hoy en día es un centro vacacional para los guatemaltecos, que acuden cada fin de semana a sus aguas, ya sea con el afán de navegar o simplemente pasear por sus numerosos pueblos. Aquí, la navegación es esencial para ir a visitar los poblados alrededor del lago. Es importante salir temprano, puesto que a la tarde hace más frío, y por que con la caída de la tarde no se logran observar del todo las poéticas imágenes de la naturaleza de Atitlán. Por que esa, definitivamente, es una de las mejores razones para animarse a alquilar un bote. Las aguas claras y tranquilas, permiten un paseo sin movimientos bruscos, que nos facilita enfocarnos hacia el paisaje y dedicarnos, por ejemplo, a la fotografía o a la contemplación sin límites. Al observar Atitlán desde la distancia, con ese rítmico vaivén que producen las aguas, uno se da cuenta de que el Quiché sigue siendo tal y como lo describe el Popol Vuh: callado, con una extensión hacia el cielo infinita y con esa sensación de silencio y calma que te invade hasta los tuétanos. Un territorio hermoso que envuelve los ojos nada más abrirlos.

Del otro lado del lago está Santiago, un poblado que se distingue por su sabor autóctono frente a todo el movimiento de Pana. Tiene, en su idiosincrasia, un ambiente cálido en el que toda actividad transcurre alrededor de la iglesia, que es su punto de referencia. Lo mejor de Santiago es ir a la búsqueda del Maximón, una deidad sincretica que conjuga en una sola figura a los viejos dioses mayas, Pedro Alvarado (el conquistador del país) y el Judas del Nuevo Testamento. Es una tradición curiosa buscarlo, como si fuese ese juego de las escondidas, en el que nuestro patio de recreo se convierte en todo un poblado. El objetivo es encontrarlo para pedirle alguna cuestión lúdica: dinero, alcohol o mujeres u hombres, según quien haga el pedido. Lo llamativo es verlo, observarlo fijamente y preguntarse qué lo hace tan especial, pues es una figura de madera vestida con pañuelos de colores, con un eterno puro en la boca y billetes pegados por todos los pañuelos. Nosotros lo encontramos en las orfebrerías, después de caminar por todo Santiago preguntando por él. Justo en la puerta, nos dimos en las narices con unos israelíes que compartían la misma preocupación que nosotros por hallarlo. Fue bastante curioso estar ahí, en ese momento tan kitsch: viendo una deidad con los descendientes de Moisés que usaban la kipah en la cabeza. Me vino a la mente ese pasaje bíblico de cuando el profeta sube al Monte a por el Decálogo, encontrándose a la vuelta a su pueblo adorando a un vellocino de oro.

El sincretismo religioso que se ve al observar al Maximón, se profundiza en Chichi, como se le llama brevemente a Chichicastenango, una ciudad situada a más de 2.000 metros de altura, cercada de montañas. En la iglesia de Santo Tomás, que da acceso al mercado, se desarrolla un ritual para recordar a los difuntos, a quienes se les encienden velas y se les lleva alimentos. El templo en si, es esplendoroso, único, de pleno siglo XVI, que nos recuerda que fueron los franciscanos quienes llevaron sus creencias y votos de pobreza hasta estas tierras. Un edificio a todas luces bellísimo, con una simpleza propia de los campos de Castilla. En principio tenía unas gradas, que desaparecieron por ser parte de un templo indígena. En su lugar, se construyó una escalinata, donde se honra a los dioses, quemando maíz e incienso. Cada escalón representa cada uno de los 20 días del mes del calendario maya. Cerca de su base se encuentra un área para encender un fuego, sitio donde se practican diariamente las oraciones. Las ceremonias religiosas son presididas generalmente por chamanes, que sirven como intermediarios Dios y los espíritus mediante un pago simbólico en incienso, copal o aguardiente. La ceremonia consiste en poner en práctica la llamada danza “culebra” en la que podemos ver a los danzantes con una mascara, llevando a manera de estandarte algún retrato. Antes de llegar a la escalinata, van tirando cohetes y cantando. Los hombres llegan con los tzutes o pañuelos ceremoniales, especie de tocado de cabeza que se pone entre la cabeza y la mascara. Las mujeres, por el contrario, usan vestidos de pedrería, espejos, lentejuelas y chinchines que son colocados a mano.

Es aquí, en esta iglesia, donde el padre Francisco Ximenez en el siglo XVII, descubrió el Popol Vuh, la ilustrada Biblia Maya, ocultada debajo de un altar. Estar en Chichi es respirarlo, palparlo, verlo entrar en tus ojos como ese amor adolescente que ves de pie junto al portón de la escuela.

La delicadeza del templo choca de lleno con el caos en el que se convierte la ciudad los días mercado ( jueves y domingo ). Neruda decía que un país se conoce principalmente por sus mercados. Si eso es correcto, Quiché es una zona dominado por el verde, el rojo y el rosa chillón, producto de las telas de la zona, tejidas a mano y decoradas con una calidad insuperable. Es interesante hacer énfasis en el color de las prendas: ninguna será igual a otra.

Ahí, en las ropas o en medio de los manteles, están los símbolos del universo - relámpagos, el sol y los puntos cardinales -, el famoso pájaro quetzal y el jaguar. Es este detalle, lo que llamaríamos la marca de la casa, la diferencia frente a las demás del mundo maya.

A un costado del templo de Santo Tomás está el Museo del Quiché. Para aquellos amantes de la literatura, el sitio es imperdible: posee la única copia antigua del Popol Vuh en todo el territorio guatemalteco, un libro curioso, pequeño, editado ya en una imprenta castellana y a doble versión. El manuscrito original está en Chicago y el cómo llegó ahí es uno de los lamentos más grandes en la Historia de Guatemala: el dueño de la United Fruit, verdadera dueña del país durante todo el siglo XIX, lo compró al gobierno por la escuálida suma de 3 reales de plata – algo así como dos mil euros de la época –. El nombre que figura en el museo del Quiché es el de Manuscrito de Chichicastenango o Siguán Tinamit, que significa "lugar rodeado de barrancos".

Cerca de Chichi están las ruinas de Gumarcaj, la capital del Gran Reino Quiché que destruyó Pedro de Alvarado en 1524 con un incendio marca de la casa y una hoguera que recuerda mucho a las usadas por la Inquisición. El pueblo quiché fue el que se enfrentó a las tropas de Alvarado entre 1521 - cuando los españoles y los mexicas invaden el territorio de Guatemala - y 1524 - cuando cae Iximché, su última capital-. Gumarcaj es una ciudad en la que se puede ver el nivel de destrucción y lo que significó la conquista. Todavía gran parte de la ciudad está enterrada, pues Alvarado la mandó demoler como represalia a un intento de asesinato. Según los cálculos hay más de 200 estructuras bajo tierra, lo que daría una idea de lo grande que fue la ciudad. De lo más destacable es el Tojil, el principal templo dedicado al Balaam, con sus nichos grandes y sus relieves profundos.

Iximché está en las montañas de la Sierra, cerca de Antigua, rodeada de árboles de pino, dándole un ambiente mucho más fresco que Gumarcaj. Conserva un juego de pelota espectacular, que se presta para que te expliquen la profunda simbología del juego – la antesala a la morada de los dioses, la pelota que representa el mundo y el ciclo de la vida –. Las ruinas son espectaculares; todas negras producto del incendio que las destruyó, tal y como lo narra el Memorial de Sololá, ese panegírico sobre la Conquista en Centroamérica. Precisamente aquí, justo después, nació el famoso “Reinado de Goathemala” descrito por Bernal Díaz del Castillo y se instauró su capital llamada coloquialmente Tecpan Guatemala. Al caminar y pasear por estas piedras que fueron testigo de un gran poder, nos da impresión de que el pasado es sólo una imagen, la cual centellea por un instante, y se apaga para no ser vista más. O como dijo un celebre poeta: Quiché, ir y venir, espejo de nuestros afanes. ¿ Por qué, para qué, a nombre de quién ?

Los mitos y las leyendas son parecidos a los viajes: van corriendo con los tiempos, pero sobre todo perduran en la memoria. Para el viajero, el Quiché representa una grata sorpresa, pues con su renovación se nos abren nuevas propuestas y rutas, otras sugerencias e infinidad de expectativas.

… Y aunque el Quiché sea viejo, en un último contraste al pasear por él, debemos tener siempre en cuenta las palabras de Rigoberta Menchú: Éste es un mundo mejor por que es más nuevo y la esperanza, por ende, tiene más sentido.

Carta de amor a Nueva York

A TI CIUDAD, ROMA IMPERIAL y capital del mundo; a ti negro y bello Hudson: pozo de cenizas y tristeza contenida, fluir de sangre, sudor y lágrimas; a ti puerto de Brooklyn, lugar de encuentros y desencuentros, de viajes y ansiados retornos, lugar de llantos de partida y risas de llegada; a ti Quinta Avenida, estrépito de compras, comercios y fotografía, de diosas en la puerta y escaparates de papel; a ti Waldorf Astoria, duque ingles y hotel de mundo; a ti Empire State, intento vano de alcanzar el cielo, promesa romántica que se verá en el cine; a ti Trump Tower, ego gigantesco y símbolo de conquista, a ti barrio de Queens, sitio donde las reinas son obreras y donde la realeza está en el aire; a ti Metropolitan Museum, arte que no es sólo arte, lienzos y esculturas hablando de universalidad; a ti verde y vivo Central Park, área de juego y recreo, de sexo y días de descanso, pulmón de la ciudad y puentes colgantes, Strawberry Fields y Alicia a través del espejo; a ti Broadway y cuarenta y cinco, esquina donde se interpreta el mundo y la vida despierta del sueño; a ti Wall Street, mascarones obscuros y paisaje de la multitud que vomita; a ti Staten Island, ferry que da la cara, paseos a la espera del alba y besos a contra solapa; a ti Liberty, mujer hermosa y francesa, primera imagen y edecán de las masas del mundo; a ti Grey’s Papaya, frankfuters y Matthew Perry; a ti Manhattan, rascacielos de Babel, ¿ identidad de vuelo o pájaro ?, nubes nómadas y noches que abren las puertas de ese fatídico día.


A ti, todo a ti. Ciudad abierta, ciudad hereje, nación de naciones, pluralidad en esencia. Voluntad que te conquista y te somete, que da luz, cobijo y esperanza a todos los hombres. A ti Nueva York, monstruo vorágine, cabeza de hidra, realidad que se alimenta de los otros. Nueva York, selva de piedra, desierto, hormigueo, rodar de multitudes, sordo sonar de voces que laten al fondo de la mesa. Nueva York, pastora de siglos, Saturno que nos devora y nos engendra. Nueva York, ir y venir, espejo de nuestros afanes. ¿ Por qué, para qué, a nombre de quién ? A ti zona cero, mis lágrimas, mi llanto y tus sueños preclaros: ciudad que soñaste y que cambia, galaxia herida, esperanzas y alegrías, temores y pesadillas. Nueva York que cambia mientras les añora y no les olvida.

New York, diciembre 2001