miércoles, 18 de noviembre de 2009

El regreso a la ruta de Cortés


Desde pequeño me han gustado muchas cosas, pero particularmente dos: los viajes y las buenas historias. Nada mejor que éste viaje para conjugar ambas. Cortés, unas veces héroe; otras, villano. El conquistador de México, el Alejandro americano. Sea la versión que se le quiera dar a Cortes no se puede negar que este español, originario de Badajoz, es una de las personalidades que por su carácter o sus excesos formaron la identidad del México moderno. Regresar a la ruta de Cortés ( visitar los lugares por los que la expedición del conquistador español pasó ) es hacer un viaje al México profundo, al México actual que nació de la simbiosis de dos culturas: la prehispánica y la española. El viaje comienza en el mejor lugar posible: Veracruz. Sentado en un rincón de la famosa Parroquia, espero a que me sirvan el café. Igual que todo mundo, no dudó en estrellar la cuchara contra el vaso. El mesero, en un acto de puntualidad, no tarda en aparecer con una tetera rebosante. El paso de vendedores de lotería, loros o incluso anunciantes que ofrecen el célebre El Dictamen, el diario más antiguo de México, deben darle a Veracruz un aspecto que no tenía cuando Cortés lo fundo. Sobre su fundación se ha escrito mucho, lo cierto es que Cortés y sus hombres fundaron el puerto con el dos únicos propósitos: el de volver a la legalidad de la Corona española ( que Cortés había roto al salir de Cuba sin una orden del gobernador Velásquez ) y la de que esta ciudad se convirtiera en el puerto de entrada al país. Hoy, ya sin viajeros intercontinentales de por medio, Veracruz sigue siendo el puerto más importante de México. Los restos de la ciudad que Cortes fundó han sido carcomidos por el tiempo y sólo queda en pie un cañón que recuerda, al mismo tiempo, que Cortés hundió su flota en estas costas y que con ellos bombardeó Tenochtitlán de una manera infame. Veracruz también nos recuerda que fue el último valuarte de la Colonia española. Situado frente al puerto, en la isla conocida como La Gallega, se encuentra San Juan de Ulúa, el fuerte que defendía al puerto de los ataques de corsarios y piratas. Aquí se filmó El Conde de Montecristo, pero su fama viene dada por que fue el último lugar que ondeo la bandera española en el continente americano. Pero volvamos a Cortés. En un principio, Veracruz estaba unos 40 kilómetros más al este de lo que se encuentra hoy. Era una zona pantanosa, donde habitaban los mosquitos y el paludismo no tardó en hacer mella. Por ello, la ciudad se trasladó a su situación actual. Cuenta la historia que al llegar a Veracruz, Cortés ya tenía en su expedición a Jerónimo de Aguilar y a Malintzin, conocida también como Malinche o Doña Mariana, una indígena de buena familia que había sido esclavizada. Aguilar, como cada mexicano debe saber, hablaba castellano y maya mientras que Malinche hacia lo propio con el náhuatl y maya. Con ellos dos, Cortés lo tenía todo: 400 hombres, un cañón, dos intérpretes y el valor necesario para adentrarse en tierras inhóspitas en busca de esa fabulosa ciudad que todos le nombraban: Tenochtitlán.

No es muy difícil, hoy en día, seguir los pasos de la expedición de Cortés. Ya en los tiempos de la conquista, los mexicas habían levantado una serie de caminos de primer orden que comunicaban la capital con la costa del Golfo. Muchos de esos caminos estaban destinados al transporte de soldados, pues los mexicas eran un pueblo de índole guerrero, y bloqueaban el paso a la ciudad de Tlaxcala, máxima rival militar de Tenochtitlán. Hacia ahí debió dirigirse Cortés en un primer momento. La ciudad ha cambiado muchísimo desde que Cortés la visitó por primera vez. En sus Cartas de relación, dirigidas al monarca español Carlos I, Cortés nos habla de una ciudad más grande que Granada, con tierras espléndidas y donde se siembra todo tipo de vegetales. Sin embargo, hoy, aquellas tierras fértiles han sido abandonadas y el Estado de Tlaxcala es uno de los más pobres de toda la República. La ciudad, sucia, desprende un olor a piedra vieja, a sahumerio y a todo tipo de comida y chiringuitos. Decía Humbolt que un país rico debe poseer un olor propio; sí aquello fuera cierto Tlaxcala - y en general todo México - sería algo así como Manhattan o Silicon Valley. Incluso, al caminar por esta ciudad, se advierte difícil imaginar lo que pudo haber sido la ciudad prehispánica. Mucho de lo que los españoles hicieron después de la conquista fue arrasar los templos paganos y construir sobre ellos iglesias cristianas. Sobre los palacios de los reyes y príncipes, los conquistadores construyeron sus casas, a la usanza castellana y romana.

En Tlaxcala se puede ver, sobre la piedra de las iglesias, el bajorrelieve prehispánico. Es esto, pues, el sincretismo mexicano. La vieja formula romana de usar todo aquello que sea útil para la causa. Cortés en ello es un experto. Quizá sea cierto aquello que la historia nos señala sobre la figura de Cortés: que estudio en Salamanca, donde aprendió latín e historia. Esto nos explicaría todas las semejanzas que Cortés tiene con el héroe macedonio, Alejandro. Ambos se adentran en territorios inmensos, muchas veces desconocidos, con pocos hombres, pero con la ventaja que da una mejor técnica militar. También intentan lograr la unidad de sus conquistas mediante el casamiento masivo con autóctonas. Incluso ambos se preocupan por la expansión de la cultura ( aunque en el caso de Cortés la cultura es entendida como cristianización ) y, por supuesto, ambos son protagonistas de grandes excesos en pos de sus hazañas. Cortés, en concreto, tiene una que nadie le olvidará. Después de pasar casi veinte días en Tlaxcala - poniéndose al corriente de lo que era la situación política en el México prehispánico - Cortés y su expedición salieron rumbo al Valle de México. Antes, pasaron por la ciudad de Cholula, hoy estado de Puebla. Allí fueron recibidos por una especie de comisión enviada por Moctezuma II, emperador de los mexicas, quien estaba todavía indeciso entre atacar o pactar con los españoles. La historia recuerda que en Cholula, Cortés mató a cerca de treinta mil hombres a los que acusó de traición. Esta matanza produjo un gran asombro entre los mexicas, provocando que Moctezuma decidiese no atacar y permitir a los españoles entrar en la capital. Hoy, Cholula, nos recuerda todavía aquella masacre, pues la pirámide en la que, supuestamente, se fraguó la conspiración antiespañola sigue en pie. Es extraño que los españoles no hayan derribado la pirámide y que decidiesen construir una iglesia en lo alto de la misma. Pero quizá no lo es tanto al advertir que Cholula, después de aquello, quedó casi vacía de indígenas. No había, pues, la necesidad de hacer complicadas construcciones que sirvieran como elemento para la evangelización de las almas. En la Cholula de hoy habitan muchos mestizos, que viven en los alrededores y que se reúnen los miércoles alrededor del mercado. En el se puede encontrar de todo: champú, mascotas, comida. Y da risa leer ( en un gran letrero que sobresale por encima del mercado ): ' evite cobrarle lo que rompan sus hijos '. Hasta en este lugar, el Mercado ha logrado penetrar de una forma que podría parecer insultante para con la Historia. El 9 de noviembre de 1519, cinco meses después de haber fundado Veracruz, Cortés y sus hombres deciden poner camino rumbo a la ciudad de México.

Para llegar a la ciudad cruzan los volcanes del valle de México, el Popocateptl y el Iztlaccihuatl. La travesía, como el paso de Alejandro por el Hindú kush o el de Aníbal por los Pirineos y los Álpes, nunca vista en el México de entonces, resulta todo un hito. La ruta de Cortes entre lo que hoy es el municipio de Amecameca y la delegación de Iztapalapa recibe el nombre de Paso de Cortés y fue utilizado mucho tiempo después como paso de las tropas norteamericanas en su camino hacia la capital del ya México independiente. Amecameca es un lugar tranquilo, con noches estrelladas, preciosas, y con una vista de los volcanes muy sui generis. Actualmente hay grupos de observadores, vulcanólogos, que trabajan en la región monitoreando las continuas fumarolas que el Popo arroja. El ' paso de Cortés ', antes militar, se ha vuelto científico. La llegada de los españoles a Tenochtitlán debió ser una fuerte conmoción a doble bando. Por una parte, los mexicas jamás habían visto caballos, arcabuces o, incluso, gente barbada. Por otra, los españoles nunca imaginaron el alto desarrollo de los mexicas. Bernal Díaz del Castillo nos cuenta en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España que al ver Tenochtitlán por primera vez creyeron ver una ciudad tan grande - o más - que Constantinopla, con torres que se levantaban desde el agua. La ciudad de México, por entonces y como todos los mexicanos y chilangos debemos saber, era una laguna.

La llegada de los conquistadores no significó la conquista inmediata. Cortés aún tardaría en tomar Tenochtitlán. Primero apresaría a Moctezuma, luego le mataría y abandonaría la ciudad como resultado de una revuelta - el célebre episodio de la Noche Triste, donde se dice que Cortés humanamente lloró -, se trasladaría a Tlaxcala para hacer los preparativos de conquista. Mientras, en la ciudad de México, una epidemia de viruela arrasaba a la población indígena. Así, dos años después de que Cortés entrase en Tenochtitlán, y después de un bombardeo atroz con barcos y cañones sobre la laguna, la ciudad se rendía. A la par que Cortés y sus hombres levantaban una nueva ciudad, en las orillas del lago el conquistador mando instalar su palacio. Este, fue el primer barrio de lo que hoy es la capital de la República y recibió el nombre de Coyoacán. Aquí es donde termina la ruta de Cortés. En éste lugar donde mandó instalar seis mil casas para él y los suyos. Es, quizá, la mejor y más clara muestra del México profundo. En contraste con otras zonas de la capital, mucho más modernas, contaminadas y con ruido, Coyoacán ofrece su singular aislamiento al visitante. Lugar propicio para los amantes ( ya Cortés mandó instalar el palacio de su amante Malintzin en este barrio ), para los comerciantes ( el fin de semana la plaza se renueva con gente venida de otras partes ) y para todos aquellos bohemios ( se pueden encontrar miles y miles de cafés, librerías, plazas y parques públicos para leer, conversar o simplemente tirarse un rato ). La vida de Coyoacán es lenta, como si se aferrase a un pasado que se resiste a irse pero que tampoco se queda. Un pasado que comenzó más allá, en el otro lado del océano y que nos sigue indicando cual es nuestro origen: aquí y allá. España y Tenochtitlán.