jueves, 26 de agosto de 2010

El sazón está lleno de recuerdos

Sostiene Javier Reverte que todo viaje es rendir homenaje a La Odisea, no tanto por el destino, sino por aquello que descubres de ti mismo y que aprendes durante la travesía. La encantadora villa de Carmel-by-the-Sea, ubicada en las costas del sur de la Península de Monterey, brinda al viajero la oportunidad de una experiencia de redescubrimiento. Todo en ella es bohemio, su origen –por ejemplo– se debe a escritores y artistas locales, que buscaban un sitio para el desarrollo del arte. Sin este dato no es posible entender el por qué no hay farolas ni números de casa, obligando a que las casas se identifiquen según el paso de peatones o el árbol más cercano. A la noche, la única luz permitida es la que emana de la luna y las estrellas. El ambiente parece de otra época, o de un set de película, como si estuviésemos en el pueblo de Crepúsculo, por ejemplo.


Homero tenía razón al sostener que la vida te depara las mayores sorpresas cuando menos te lo esperas. Y ahí, en una pequeña casita de estilo francés, Carmel oculta una de las mayores sorpresas de toda California: el francés Chistofe Grossjean, chef del restaurante L'Auberge y quien sostiene que el sazón está hecho de recuerdos. Todos sus platos provienen de la granja que el hotel posee y Cristofe escoge él mismo los ingredientes de sus platos, en una tradición que según me contará más tarde vio en su abuela. En si, su cocina fusiona las raíces francesas con la diversidad de California. La cena fue surperlativa, como ese banquete que describe Homero en La Odisea en el que Circe agasaja a Odiseo: verduras en pasta, pato y quesos con gel de coñac, rissoto, pato con paté de durazno, venado en salsa de chocolate y el postre, una especie de champán helado con crema de galleta. Tremendo banquete estaría incompleto si no tomase en cuenta al otro atractivo de la región: el vino. El objetivo es brindar una sobremesa sin estrés, que mezcle sabores y sazones del mundo; producto siempre del fuego lento, y la cocina sana.

- Tu objetivo, le digo a Cristofe, es el sabor de Itaca.

- Bueno, Homero era un viajero, un poeta. Alguien que también construye cosas a partir de los recuerdos. Pero Itaca ya sólo es posible en la globalización y en ese sentido, nosotros pretendemos la honestidad, me responde.

En efecto, Carmel no te engaña. Su costa tiene un montón precipicios rocosos con playas arenosas en rincones escondidos, que recuerdan a Irlanda. Sobre los peñascos, encontramos antiquísimos árboles cipreses que crecen aferrados frente al vacío y que inspiraron la bellísima canción Blowing in the wind de Bob Dylan. Las aguas del Pacífico son frías para nadar, pero se han convertido en un santuario para los surfistas, que sostienen que si algo no produce dolor no da placer. Desde muy temprano, las playas están a rebosar de personas esperando por la ola perfecta.

No hay engaño: la serenidad y belleza que te transmite Carmel nunca te abandonan. Al regreso, cuando el viaje se transforma en conocimiento, se desea que la vida sea como esas olas del Pacífico que viste crepitar calle abajo, que observes las tonalidades de las uvas al atardecer, las noches oscuras y azules, que los caminos estén llenos de aventuras y de experiencias. Que sean muchas las mañanas en que llegues -con placer y alegría- a puertos antes nunca vistos. Sí, en Carmel, decíamos, la idea de Itaca sigue viva.

Diez sitios de la Isla de Afrodita


La palabra clave en Chipre es kopiaste, significa “siéntate con nosotros y comparte”. Ese es el espíritu de una isla que remonta su historia desde el Egipto faraónico hasta el Imperio Británico, prolija es la lista de pueblos que han dejado su huella (castillos, ciudadelas, templos, teatros...) en esta exuberante isla que Marco Antonio regaló a Cleopatra, como prueba de su amor infinito. Como todo lo mestizo, Chipre posee una belleza desconcertante: llanuras eternas, quebradas, y sobre ellas, aldeas blancas; cada una con su minarete y su campanario, algún ciprés y un rebaño de ovejas pastando en los solares. Hasta allí, a veces, llega como un regalo la brisa de las cumbres serranas, cubiertas de pinos olorosos que esconden monasterios y pueblos de montaña. Pero lo que queda de Chipre en la memoria es, sin duda, ese juego constante del mar; esos tonos azules que al llegar a la orilla se transforman en espuma.

1. Nicosia, el corazón partido. Nicosia es la única capital dividida de Europa y hasta su nombre está en disputa: para la parte turca es Leukosia que significa "ciudad de la victoria", en tanto que, para la griega es Leucosia significa "ciudad de la blancura". Su corazón es una ciudadela veneciana del siglo XVI con forma de estrella de 11 puntas. Pese a que los muros permanecen, Nicosia es una ciudad acogedora. Desde la zona turca, la llamada del almuédano marca las horas y llega a buena parte de la ciudad desde los minaretes de la mezquita de Selima (edificada sobre una catedral gótica del siglo XIII, Santa Sofía, que imitaba a Notre Dame de París). Cerca de este templo se halla el Büyük Han (Gran Posada), un mercado otomano del siglo XVI, restaurado, donde comprar artesanía y tomar un buen café turco.

El sur de Nicosia es más bullicioso y moderno. Pero su centro histórico no tiene paragón, delimitado por la imponente muralla de la ciudad. Dentro de ella aguardan las callejuelas del Laikí Yitoniá (Barrio Popular) y los murales de la diminuta catedral bizantina de San Juan Teólogo, del siglo XVII. A pocos metros, y un siglo más antiguo, se encuentra el palacete-museo del dragomán Kornesios, famoso mediador entre griegos y turcos.

2. San Hilarión y la coqueta Kyrenia. Al este de Nicosia, por el Agios Dometios se va a San Hilarión, un castillo del siglo XIII encaramado a un risco de la cordillera del Pentadáctilo desde el que en días claros se ve casi toda la isla. A una veintena de kilómetros más al norte, bajando las faldas montañosas hacia el mar, se llega a la ciudad de Kyrenia (Girne en turco), cuyo puerto fue construido por los romanos. El Museo del Naufragio, en el castillo, muestra un pecio hundido hace más de 2500 años, de la época de Alejandro Magno y el sitio de Tiro. En los muelles de este fondeadero idílico abundan los restaurantes y tabernas.

3. Con Durrell en Bellapais. De vuelta a la falda de las montañas, entre naranjos y limoneros, se impone una visita al pueblo de Bellapais. Desde las ruinas ajardinadas de su abadía gótica fundada por los agustinos (siglos XII-XIII) se contempla un mar de un azul irreal. En los años cincuenta del siglo XX vivió aquí el escritor Lawrence Durrell, quien narró sus vivencias en el libro Limones amargos de Chipre. En Bellapais vive todavía el llamado Árbol de la Ociosidad, a cuya sombra los vecinos del pueblo ven pasar la vida tomando café turco y ouzo griego.

4. Un santo subterráneo. Camino de la costa oriental conviene desviarse en el monasterio de San Bernabé, junto al cual, en las catacumbas de una pequeña iglesia cercana, se venera el supuesto enterramiento de este chipriota que predicó junto a san Pablo. Otro de los grandes, san Marcos, fue quien, según la leyenda, enterró aquí a Bernabé. Sorprende lo humilde que es el sepulcro. Fresco, umbrío: rodeado de iconos, cirios y silencio.

5. Exuberante Salamina. Cuenta la leyenda que aquí nació Homero, y con él toda la poesía occidental. Quedan, sin embargo, para la arqueología los restos prehistóricos, fenicios, asirios, persas... pero la mayoría de lo que sigue en pie tiene dos milenios de antigüedad y pertenece a la época del emperador romano Augusto. Una palestra (donde entrenaban los atletas) con su columnata, un teatro para 15.000 almas, un anfiteatro, baños, acueducto, piscinas... En Salamina (no confundir con la Salamina del Egeo, la de la famosa batalla en las Guerras Médicas), además, se conserva parte de un templo consagrado a Zeus y ruinas de una basílica bizantina en la que está enterrado san Epifanio, el azote de los herejes. A un tiro de piedra, por cierto, está la playa. Una de las mejores de todo Chipre.

6. La casa de Otelo. Por carretera en dirección sur, con el mar a nuestra izquierda, tardaremos pocos minutos en llegar a la fortificada Famagusta, el famoso "puerto de Chipre" donde Shakespeare ambientó su Otelo. Aquí se puede visitar el castillo en cuya torre el celoso moro de Venecia dio muerte a Desdémona. Como en Nicosia, la mezquita principal se asienta sobre los restos de una espléndida catedral gótica, esta vez inspirada en la de Reims. La cantidad de ruinas góticas sembradas entre las calles es tal que todo tiene un aire medieval. Tristemente, gran parte de los destrozos provienen de la guerra de los años setenta y no de la época de las cruzadas, como se podría pensar.

7. Buceos y milagros. Por el puesto de control de Dhekelia-Pergamos se cruza de nuevo a la zona griega. Aquí están los famosos e imponentes acantilados de Cabo Greco, ideales para los amantes del submarinismo. Aquí se hallan las localidades de Protarás y Ayia Napa, llenas también de discotecas. La ruta de escape más aconsejable se halla en dirección a la gran ciudad marítima de Lárnaca. Es sabido que Jesús le dijo al difunto Lázaro aquello de "levántate y anda". Pues bien, cuando Lázaro murió por segunda vez (y ya no volvió a andar) fue enterrado aquí. Sobre su tumba se erige una bellísima iglesia bizantina del siglo X. En Lárnaca (antigua Citio) nació además el filósofo estoico Zenón. A las afueras, se encuentra el santuario musulmán conocido como Hala Sultán Tekke. En este complejo religioso levantado en mitad de un palmeral se supone que está enterrada una tía de Mahoma y que es el cuarto lugar en importancia para los musulmanes, sólo por detrás de La Meca, Medina y Jerusalén.

8. Lefkara y Kourion. Al oeste, por la autopista, se llega el magnífico monasterio de Stavrovouni. En su interior se guardan restos de la cruz donde murió Jesús. Por un desvío, hacia las montañas, se halla Lefkara, un pueblo de piedra donde las damas venecianas se retiraban a descansar y a bordar. Así enseñaron a las lugareñas, y ahora sus encajes tienen reputación mundial. De vuelta a la autopista llegamos a la urbe de Limasol. Posee un castillo y cientos de hoteles, restaurantes y discotecas. De noche, en la playa, una clientela multinacional se da cita en el Breeze, uno de los clubes nocturnos más famosos del Mediterráneo oriental. Cerca de Limasol encontramos las ruinas de la ciudad de Kourion. Su teatro, restaurado en tiempos romanos, es el único de origen griego en el que las gradas miran al mar. Aquí hay restos de un santuario consagrado a Apolo, de un palacio de más de 30 habitaciones, termas, mosaicos, y una basílica.

9. De Pafos a Afamas. Rumbo al oeste dejamos a nuestra izquierda las formaciones rocosas de Petra tou Romiou, donde, según el mito, nació Afrodita de la espuma del mar (afros significa espuma en griego). Todavía hoy peregrinan a esta bella playa las mujeres que desean quedar encinta. Al norte se halla la ciudad de Pafos, cuyos restos arqueológicos abarcan dos milenios y son patrimonio de la humanidad. Lo mejor: las tumbas de los reyes, una necrópolis subterránea grecorromana con influencias egipcias, y la colección de mosaicos. Ya sólo por ver el dedicado "a los primeros bebedores de vino" merece la pena venir. En el extremo noroccidental de la isla se halla la península de Akamas, auténtico santuario natural, con playas salvajes, famosas por ser donde Afrodita se daba sus baños y dónde, según la leyenda, la diosa retozaba con Adonis. Las higueras por todo el camino dan un toque preciosista al paisaje.

10. Las cumbres de Troodos. En esta cordillera se halla el monasterio de Kykkos, descomunal. Alberga, eso sí, un precioso icono de la Virgen que, se dice, pintó san Lucas. Pero Troodos esconde 10 pequeñas iglesias, diseminadas y aisladas entre los bosques, que han sido declaradas patrimonio de la humanidad. Por fuera son humildes: de piedra, sin campanario, con tejados a dos aguas... pero en su interior contienen frescos de una belleza y ternura irrepetibles. Destacan los de de la Virgen de Asinou, no muy lejos del camino de vuelta a Nicosia.

Costará irse, pero las imágenes que se lleva uno de Chipre le acompañaran para siempre, tal cual ese deseo de Neshe Yashin, el famoso poeta de estas tierras, que se lee cerca del aeropuerto: un nuevo amor emergerá / entre la espuma del mar / la historia se rendirá / bajo esa gran palabra que carga / las estrellas y los ríos / el interminable amor: todos los tiempos / los sonidos, la lluvia, y los mares / harán que la paz descienda sobre la tierra.

Peru: mil imagénes y un sabor


Todo país es una imagen, un recuerdo. El viajero, por excelencia, se lanza a un juego donde todo se hilvana y acabamos por perder el sentido de la realidad, del tiempo y del espacio. ¿Qué se inventa en esta trama? Personajes, situaciones diversas, el tiempo que se desliza a voluntad, el espacio alterado, la metamorfosis. Pero también monólogos, diálogos con un amigo que presta atención, memorias, sueños, inquietudes. Un viaje recorre diversos planos, transita por elipsis inesperadas, y nos deja detalladas evocaciones de aquellos sitios que se instalan en eso que Kundera llamó Memoria Poética. El Perú está lleno de esas imágenes: la excelencia estética, la fuerza intelectual y la sabiduría antigua emanan de sus calles; como si fuese un reconocido escritor o un viejo pintor de batallas, que alcanza casi lo insostenible y nos deja pasmados ante la belleza tácita de su imagen.

Cuando un país produce tantas impresiones, es difícil saber por dónde empezar. Pero, sin duda, eso es lo mejor de un viaje: sentir que puedes ir por cualquier sitio, sin plan, disfrutando de todo y sabiendo que lo mejor aún está por llegar. Quizá nos dejemos llevar por el cliché, pero Perú presenta dos ciudades indispensables: Lima, la capital construida por Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y Cusco, la capital inca.


LA CIUDAD DE LOS BALCONES. Lima tiene cosas que sorprenden. Hay diversos ejemplos: el malecón de Miraflores, el parque del agua, la inigualable puesta de sol que se ve en Larcomar sobre un Pacífico teñido de rojo turquesa, el parque de la Muralla o la visita matutina a La Punta. Es una ciudad que te deja noqueado, como ese boxeador ante su última oportunidad. Tiene una vitalidad enorme, de la que se desprenden un sin fin de imágenes para el recuerdo: las personas en sus casas, cosechando en sus chacras, recogiendo camarones y truchas en el río, los niños jugando en la calle, los pelícanos tragándose los peces, el silbato del tren abriéndose paso. El Rímac, del color de la tierra, cargado de orilla a orilla, como las personas de ilusiones en un fin de año. Los taxis negros, espaciosos, lustrosos. Los balcones infinitos, tan grandes y hermosos. El claxón de los autos, los gallinazos en la Plaza de Armas, las campanadas de la iglesia de San Francisco o de la Catedral, el reloj en la Plaza San Martín, las bancas de mármol, las luces iluminando el Cerro San Cristóbal, el tranvía, las casonas de la avenida Arequipa, todas grandes, como si estuviesen destinadas a los lores ingleses del Imperio victoriano.


LA PIEDRA DEL CUSCO. El origen mitológico del Cusco, o Cuzco como se prefiera, se remonta a la emigración de los legendarios Manco Cápac y Mama Ocllo, quienes habrían brotado de un capullo en el lago Titicaca, situado a casi cuatro mil metros y que sirve de frontera entre Perú y Bolivia. Para conocer en detalle la cotidianidad del mundo prehispánico existen las maravillosas crónicas del Inca Garcilaso de la Vega y los dibujos de Guamán Poma de Ayala. El presente, por supuesto, se capta caminando por las callecitas del Cusco. Pero ese ambiente produce sensaciones encontradas, de nuevo ese viejo boxeador. Porque es palpable la vieja tensión entre las culturas superpuestas: la fuerza de los incas está latente bajo los adoquines españoles, o en los cimientos de piedra que sostienen las iglesias católicas, antiguos templos del sol. En la piedra de esa arquitectura se ve, desde lo simbólico, el aniquilamiento de todo un imperio. Pero por las calles no circulan fantasmas sino la continuación viva de una cultura sincrética, que se reacomoda a los tiempos lo mejor que puede. Y en este detalle de observación radica la cuota extra de este viaje a la raíz profunda del Perú.

Por supuesto, la piedra es el origen de la otra gran imagen que perdura del Cusco: la de los grandes palacios. Y como todo origen, la piedra tiene su propio mito. Resulta que cuando un gobernante inca moría no dejaba su palacio al sucesor –quien se hacía construir el suyo propio–, y allí continuaban viviendo sus hijos, las esposas y la servidumbre. Esos palacios tenían una especie de patio interior cuadrado con un edificio en cada uno de los lados, formando una especie de cruz, llamado cancha. Y el Cusco estaba –y está, subyacentemente– lleno de esos palacios que simplemente han cambiado de forma. El más grande y emblemático de ellos fue el Coricancha, hoy Convento de Santo Domingo. De acuerdo con las crónicas de Garcilaso de la Vega, el Coricancha tenía en su interior numerosos templos y recintos, con sus paredes enchapadas en oro con láminas del grueso de un pulgar. Para darse una idea de lo que fue habría que ir a la cercana Machu Pichu, de las pocas ciudades incas que persistieron intactas en el tiempo. El Coricancha resume la esencia peruana en términos arquitectónicos. En un lateral se ve un alto muro curvo de piedra negra de una perfección asombrosa, creado por los incas. Justo encima los españoles agregaron un balcón con arcos mudéjares. Y a un costado, la fachada del convento es puramente barroca.

EL SABOR QUE PERÚ DEJO AL MUNDO. Si todo país es una imagen, también podremos decir que todo país es un sabor. Perú sabe a papa, la gran protagonista de la culinaria peruana y quizá el aporte más interesante de los peruanos a la cocina mundial. Las hay negras, rojas, rosadas, amarillas, casi azules. Y también pequeñitas, grandes, redondas, ovaladas, ahuesadas. Y los sabores resultantes son inmensos: papa molida y mantequilla, papa amarilla y trufa de chocolate caliente, papas hayro con sishimi de ají limón y huacatay, papas silvestres asadas con salsa ocopa, papas huamantanga salteadas con mantequilla y perejil – secas en hoja de plátano con dos versiones de salsa huancaína–, papa amarilla en concentrado de cangrejos reventados (¡un manjar que probablemente no tiene comapración!), papa olluquita casera y un rack de chuletones de ternera horneado sobre papas, con una salsa bearnesa al huacatay. Casi de recordarlo, da hambre.

Y quizá, como intuyéndolo, en el bar Juanito podemos leer al salir una cita del César Calvo: “no hemos hecho las calles de este mundo / para que el tiempo pase sin recuerdos”.