jueves, 26 de agosto de 2010

Diez sitios de la Isla de Afrodita


La palabra clave en Chipre es kopiaste, significa “siéntate con nosotros y comparte”. Ese es el espíritu de una isla que remonta su historia desde el Egipto faraónico hasta el Imperio Británico, prolija es la lista de pueblos que han dejado su huella (castillos, ciudadelas, templos, teatros...) en esta exuberante isla que Marco Antonio regaló a Cleopatra, como prueba de su amor infinito. Como todo lo mestizo, Chipre posee una belleza desconcertante: llanuras eternas, quebradas, y sobre ellas, aldeas blancas; cada una con su minarete y su campanario, algún ciprés y un rebaño de ovejas pastando en los solares. Hasta allí, a veces, llega como un regalo la brisa de las cumbres serranas, cubiertas de pinos olorosos que esconden monasterios y pueblos de montaña. Pero lo que queda de Chipre en la memoria es, sin duda, ese juego constante del mar; esos tonos azules que al llegar a la orilla se transforman en espuma.

1. Nicosia, el corazón partido. Nicosia es la única capital dividida de Europa y hasta su nombre está en disputa: para la parte turca es Leukosia que significa "ciudad de la victoria", en tanto que, para la griega es Leucosia significa "ciudad de la blancura". Su corazón es una ciudadela veneciana del siglo XVI con forma de estrella de 11 puntas. Pese a que los muros permanecen, Nicosia es una ciudad acogedora. Desde la zona turca, la llamada del almuédano marca las horas y llega a buena parte de la ciudad desde los minaretes de la mezquita de Selima (edificada sobre una catedral gótica del siglo XIII, Santa Sofía, que imitaba a Notre Dame de París). Cerca de este templo se halla el Büyük Han (Gran Posada), un mercado otomano del siglo XVI, restaurado, donde comprar artesanía y tomar un buen café turco.

El sur de Nicosia es más bullicioso y moderno. Pero su centro histórico no tiene paragón, delimitado por la imponente muralla de la ciudad. Dentro de ella aguardan las callejuelas del Laikí Yitoniá (Barrio Popular) y los murales de la diminuta catedral bizantina de San Juan Teólogo, del siglo XVII. A pocos metros, y un siglo más antiguo, se encuentra el palacete-museo del dragomán Kornesios, famoso mediador entre griegos y turcos.

2. San Hilarión y la coqueta Kyrenia. Al este de Nicosia, por el Agios Dometios se va a San Hilarión, un castillo del siglo XIII encaramado a un risco de la cordillera del Pentadáctilo desde el que en días claros se ve casi toda la isla. A una veintena de kilómetros más al norte, bajando las faldas montañosas hacia el mar, se llega a la ciudad de Kyrenia (Girne en turco), cuyo puerto fue construido por los romanos. El Museo del Naufragio, en el castillo, muestra un pecio hundido hace más de 2500 años, de la época de Alejandro Magno y el sitio de Tiro. En los muelles de este fondeadero idílico abundan los restaurantes y tabernas.

3. Con Durrell en Bellapais. De vuelta a la falda de las montañas, entre naranjos y limoneros, se impone una visita al pueblo de Bellapais. Desde las ruinas ajardinadas de su abadía gótica fundada por los agustinos (siglos XII-XIII) se contempla un mar de un azul irreal. En los años cincuenta del siglo XX vivió aquí el escritor Lawrence Durrell, quien narró sus vivencias en el libro Limones amargos de Chipre. En Bellapais vive todavía el llamado Árbol de la Ociosidad, a cuya sombra los vecinos del pueblo ven pasar la vida tomando café turco y ouzo griego.

4. Un santo subterráneo. Camino de la costa oriental conviene desviarse en el monasterio de San Bernabé, junto al cual, en las catacumbas de una pequeña iglesia cercana, se venera el supuesto enterramiento de este chipriota que predicó junto a san Pablo. Otro de los grandes, san Marcos, fue quien, según la leyenda, enterró aquí a Bernabé. Sorprende lo humilde que es el sepulcro. Fresco, umbrío: rodeado de iconos, cirios y silencio.

5. Exuberante Salamina. Cuenta la leyenda que aquí nació Homero, y con él toda la poesía occidental. Quedan, sin embargo, para la arqueología los restos prehistóricos, fenicios, asirios, persas... pero la mayoría de lo que sigue en pie tiene dos milenios de antigüedad y pertenece a la época del emperador romano Augusto. Una palestra (donde entrenaban los atletas) con su columnata, un teatro para 15.000 almas, un anfiteatro, baños, acueducto, piscinas... En Salamina (no confundir con la Salamina del Egeo, la de la famosa batalla en las Guerras Médicas), además, se conserva parte de un templo consagrado a Zeus y ruinas de una basílica bizantina en la que está enterrado san Epifanio, el azote de los herejes. A un tiro de piedra, por cierto, está la playa. Una de las mejores de todo Chipre.

6. La casa de Otelo. Por carretera en dirección sur, con el mar a nuestra izquierda, tardaremos pocos minutos en llegar a la fortificada Famagusta, el famoso "puerto de Chipre" donde Shakespeare ambientó su Otelo. Aquí se puede visitar el castillo en cuya torre el celoso moro de Venecia dio muerte a Desdémona. Como en Nicosia, la mezquita principal se asienta sobre los restos de una espléndida catedral gótica, esta vez inspirada en la de Reims. La cantidad de ruinas góticas sembradas entre las calles es tal que todo tiene un aire medieval. Tristemente, gran parte de los destrozos provienen de la guerra de los años setenta y no de la época de las cruzadas, como se podría pensar.

7. Buceos y milagros. Por el puesto de control de Dhekelia-Pergamos se cruza de nuevo a la zona griega. Aquí están los famosos e imponentes acantilados de Cabo Greco, ideales para los amantes del submarinismo. Aquí se hallan las localidades de Protarás y Ayia Napa, llenas también de discotecas. La ruta de escape más aconsejable se halla en dirección a la gran ciudad marítima de Lárnaca. Es sabido que Jesús le dijo al difunto Lázaro aquello de "levántate y anda". Pues bien, cuando Lázaro murió por segunda vez (y ya no volvió a andar) fue enterrado aquí. Sobre su tumba se erige una bellísima iglesia bizantina del siglo X. En Lárnaca (antigua Citio) nació además el filósofo estoico Zenón. A las afueras, se encuentra el santuario musulmán conocido como Hala Sultán Tekke. En este complejo religioso levantado en mitad de un palmeral se supone que está enterrada una tía de Mahoma y que es el cuarto lugar en importancia para los musulmanes, sólo por detrás de La Meca, Medina y Jerusalén.

8. Lefkara y Kourion. Al oeste, por la autopista, se llega el magnífico monasterio de Stavrovouni. En su interior se guardan restos de la cruz donde murió Jesús. Por un desvío, hacia las montañas, se halla Lefkara, un pueblo de piedra donde las damas venecianas se retiraban a descansar y a bordar. Así enseñaron a las lugareñas, y ahora sus encajes tienen reputación mundial. De vuelta a la autopista llegamos a la urbe de Limasol. Posee un castillo y cientos de hoteles, restaurantes y discotecas. De noche, en la playa, una clientela multinacional se da cita en el Breeze, uno de los clubes nocturnos más famosos del Mediterráneo oriental. Cerca de Limasol encontramos las ruinas de la ciudad de Kourion. Su teatro, restaurado en tiempos romanos, es el único de origen griego en el que las gradas miran al mar. Aquí hay restos de un santuario consagrado a Apolo, de un palacio de más de 30 habitaciones, termas, mosaicos, y una basílica.

9. De Pafos a Afamas. Rumbo al oeste dejamos a nuestra izquierda las formaciones rocosas de Petra tou Romiou, donde, según el mito, nació Afrodita de la espuma del mar (afros significa espuma en griego). Todavía hoy peregrinan a esta bella playa las mujeres que desean quedar encinta. Al norte se halla la ciudad de Pafos, cuyos restos arqueológicos abarcan dos milenios y son patrimonio de la humanidad. Lo mejor: las tumbas de los reyes, una necrópolis subterránea grecorromana con influencias egipcias, y la colección de mosaicos. Ya sólo por ver el dedicado "a los primeros bebedores de vino" merece la pena venir. En el extremo noroccidental de la isla se halla la península de Akamas, auténtico santuario natural, con playas salvajes, famosas por ser donde Afrodita se daba sus baños y dónde, según la leyenda, la diosa retozaba con Adonis. Las higueras por todo el camino dan un toque preciosista al paisaje.

10. Las cumbres de Troodos. En esta cordillera se halla el monasterio de Kykkos, descomunal. Alberga, eso sí, un precioso icono de la Virgen que, se dice, pintó san Lucas. Pero Troodos esconde 10 pequeñas iglesias, diseminadas y aisladas entre los bosques, que han sido declaradas patrimonio de la humanidad. Por fuera son humildes: de piedra, sin campanario, con tejados a dos aguas... pero en su interior contienen frescos de una belleza y ternura irrepetibles. Destacan los de de la Virgen de Asinou, no muy lejos del camino de vuelta a Nicosia.

Costará irse, pero las imágenes que se lleva uno de Chipre le acompañaran para siempre, tal cual ese deseo de Neshe Yashin, el famoso poeta de estas tierras, que se lee cerca del aeropuerto: un nuevo amor emergerá / entre la espuma del mar / la historia se rendirá / bajo esa gran palabra que carga / las estrellas y los ríos / el interminable amor: todos los tiempos / los sonidos, la lluvia, y los mares / harán que la paz descienda sobre la tierra.

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