Todo país es una imagen, un recuerdo. El viajero, por excelencia, se lanza a un juego donde todo se hilvana y acabamos por perder el sentido de la realidad, del tiempo y del espacio. ¿Qué se inventa en esta trama? Personajes, situaciones diversas, el tiempo que se desliza a voluntad, el espacio alterado, la metamorfosis. Pero también monólogos, diálogos con un amigo que presta atención, memorias, sueños, inquietudes. Un viaje recorre diversos planos, transita por elipsis inesperadas, y nos deja detalladas evocaciones de aquellos sitios que se instalan en eso que Kundera llamó Memoria Poética. El Perú está lleno de esas imágenes: la excelencia estética, la fuerza intelectual y la sabiduría antigua emanan de sus calles; como si fuese un reconocido escritor o un viejo pintor de batallas, que alcanza casi lo insostenible y nos deja pasmados ante la belleza tácita de su imagen.
Cuando un país produce tantas impresiones, es difícil saber por dónde empezar. Pero, sin duda, eso es lo mejor de un viaje: sentir que puedes ir por cualquier sitio, sin plan, disfrutando de todo y sabiendo que lo mejor aún está por llegar. Quizá nos dejemos llevar por el cliché, pero Perú presenta dos ciudades indispensables: Lima, la capital construida por Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y Cusco, la capital inca.
LA CIUDAD DE LOS BALCONES. Lima tiene cosas que sorprenden. Hay diversos ejemplos: el malecón de Miraflores, el parque del agua, la inigualable puesta de sol que se ve en Larcomar sobre un Pacífico teñido de rojo turquesa, el parque de la Muralla o la visita matutina a La Punta. Es una ciudad que te deja noqueado, como ese boxeador ante su última oportunidad. Tiene una vitalidad enorme, de la que se desprenden un sin fin de imágenes para el recuerdo: las personas en sus casas, cosechando en sus chacras, recogiendo camarones y truchas en el río, los niños jugando en la calle, los pelícanos tragándose los peces, el silbato del tren abriéndose paso. El Rímac, del color de la tierra, cargado de orilla a orilla, como las personas de ilusiones en un fin de año. Los taxis negros, espaciosos, lustrosos. Los balcones infinitos, tan grandes y hermosos. El claxón de los autos, los gallinazos en la Plaza de Armas, las campanadas de la iglesia de San Francisco o de la Catedral, el reloj en la Plaza San Martín, las bancas de mármol, las luces iluminando el Cerro San Cristóbal, el tranvía, las casonas de la avenida Arequipa, todas grandes, como si estuviesen destinadas a los lores ingleses del Imperio victoriano.
LA PIEDRA DEL CUSCO. El origen mitológico del Cusco, o Cuzco como se prefiera, se remonta a la emigración de los legendarios Manco Cápac y Mama Ocllo, quienes habrían brotado de un capullo en el lago Titicaca, situado a casi cuatro mil metros y que sirve de frontera entre Perú y Bolivia. Para conocer en detalle la cotidianidad del mundo prehispánico existen las maravillosas crónicas del Inca Garcilaso de la Vega y los dibujos de Guamán Poma de Ayala. El presente, por supuesto, se capta caminando por las callecitas del Cusco. Pero ese ambiente produce sensaciones encontradas, de nuevo ese viejo boxeador. Porque es palpable la vieja tensión entre las culturas superpuestas: la fuerza de los incas está latente bajo los adoquines españoles, o en los cimientos de piedra que sostienen las iglesias católicas, antiguos templos del sol. En la piedra de esa arquitectura se ve, desde lo simbólico, el aniquilamiento de todo un imperio. Pero por las calles no circulan fantasmas sino la continuación viva de una cultura sincrética, que se reacomoda a los tiempos lo mejor que puede. Y en este detalle de observación radica la cuota extra de este viaje a la raíz profunda del Perú.
Por supuesto, la piedra es el origen de la otra gran imagen que perdura del Cusco: la de los grandes palacios. Y como todo origen, la piedra tiene su propio mito. Resulta que cuando un gobernante inca moría no dejaba su palacio al sucesor –quien se hacía construir el suyo propio–, y allí continuaban viviendo sus hijos, las esposas y la servidumbre. Esos palacios tenían una especie de patio interior cuadrado con un edificio en cada uno de los lados, formando una especie de cruz, llamado cancha. Y el Cusco estaba –y está, subyacentemente– lleno de esos palacios que simplemente han cambiado de forma. El más grande y emblemático de ellos fue el Coricancha, hoy Convento de Santo Domingo. De acuerdo con las crónicas de Garcilaso de la Vega, el Coricancha tenía en su interior numerosos templos y recintos, con sus paredes enchapadas en oro con láminas del grueso de un pulgar. Para darse una idea de lo que fue habría que ir a la cercana Machu Pichu, de las pocas ciudades incas que persistieron intactas en el tiempo. El Coricancha resume la esencia peruana en términos arquitectónicos. En un lateral se ve un alto muro curvo de piedra negra de una perfección asombrosa, creado por los incas. Justo encima los españoles agregaron un balcón con arcos mudéjares. Y a un costado, la fachada del convento es puramente barroca.
EL SABOR QUE PERÚ DEJO AL MUNDO. Si todo país es una imagen, también podremos decir que todo país es un sabor. Perú sabe a papa, la gran protagonista de la culinaria peruana y quizá el aporte más interesante de los peruanos a la cocina mundial. Las hay negras, rojas, rosadas, amarillas, casi azules. Y también pequeñitas, grandes, redondas, ovaladas, ahuesadas. Y los sabores resultantes son inmensos: papa molida y mantequilla, papa amarilla y trufa de chocolate caliente, papas hayro con sishimi de ají limón y huacatay, papas silvestres asadas con salsa ocopa, papas huamantanga salteadas con mantequilla y perejil – secas en hoja de plátano con dos versiones de salsa huancaína–, papa amarilla en concentrado de cangrejos reventados (¡un manjar que probablemente no tiene comapración!), papa olluquita casera y un rack de chuletones de ternera horneado sobre papas, con una salsa bearnesa al huacatay. Casi de recordarlo, da hambre.
Y quizá, como intuyéndolo, en el bar Juanito podemos leer al salir una cita del César Calvo: “no hemos hecho las calles de este mundo / para que el tiempo pase sin recuerdos”.
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