viernes, 7 de agosto de 2009

Los contrastes del Mítico Quiché


Amaneció temprano y con lluvia, con una niebla ligera. Las aguas mecían placidamente al barco y todo parecía entre penumbras, como en ese estado en el que aún el alba no acaba de llegar. A lo lejos, se vislumbraba la silueta de las montañas. A la mitad de la mañana, el cielo empezó a clarear y un cielo azul se fue presentando paulatinamente mientras las nubes abandonaban sus tonos grises para hacerse blancas. La luz dio otro sentido a la imagen, mucho más grandioso, transformando las aguas en un color mediterráneo y dejando ver las fumarolas de esas montañas - que en realidad son volcanes – y allá en el horizonte las siluetas de los poblados cercanos. Es ahí, a mitad del lago de Atitlán, cuando tomamos conciencia de que estamos en lo que fue el mítico Quiché, un territorio contrastante, en el que vemos una tierra dotada de volcanes protectores de culturas antiguas y coloreada con verde, azul y rojo, dando vida a pequeños pueblos. Todo ello nos inspira a emprender un viaje que nos llenará la retina de bellas imágenes y magníficos matices.

Todo país es una palabra y si nos preguntáramos sobre la palabra que define al viejo Quiché, tendríamos que usar renovación. Primero por que está dejando atrás la penosa situación de más de 20 años guerra civil que invadió toda Guatemala. Segundo, por que a los pocos años de firmada la paz, el mayor huracán – el trágico Stan - del que se tenga recuerdo en 200 años, sumió a todo el país en una profunda depresión. Aun así, sigue en pie, reconstruyéndose, abriendo nuevas salas de teatro, nuevos cines, nuevos bares y restaurantes. De eso nos podemos dar cuenta de enseguida, en las confortables zonas 10 y 11 de la Ciudad de Guatemala, tan llenas de tiendas y hoteles nuevos que parece que de pronto nos hemos adentrado a alguna capital europea. La capital nos depara agradables sorpresas, como la exclusiva Catedral; un edificio del arte barroco y que colinda con el Palacio Nacional, en la Plaza de Armas de la Ciudad. Es un templo grande, quizá el mayor de toda América Central, que se terminó a mediados del siglo XIX, habiéndose comenzado en 1782, por lo que el eclecticismo artístico es lo que la define. En su interior, en el museo episcopal, podemos encontrar los mayores tesoros del arte religioso centroamericano. Originalmente se encontraban en la Catedral de Antigua Guatemala, pero fueron reubicadas cuando se abandonó esa ciudad. La colección de orfebrería es impresionante, el manejo del oro y la plata y las piezas de jade demuestran la calidad de los artesanos mayas, que aprendieron la técnica de los primeros frailes y luego la perfeccionaron. El altar mayor y la Sacristía dan buena fé de ello. A fuera, en la Plaza de Armas, podemos observar las costumbres propias de los habitantes de la ciudad, como tomar un vaso de leche de cabra por 5 quetzales – poco menos de un dólar –. Justo enfrente de la Plaza de Armas, se encuentra el bar más famoso de la ciudad, El Portal, allá donde iba el Che Guevara cuando vivió en la Ciudad, a encontrarse con Miguel Ángel Asturias, que tiempo después ganaría el Nobel de Literatura. El lugar es interesante por que nos deja ver la sorprendente cocina guatemalteca, como la palomita de costilla al jerez – un plato costillas de res bañada en salsa dulce y arroz – o la famosa “cerveza mixta”, un híbrido entre lo que conocemos como campechana y michelada, con la particularidad de que la cerveza Gallo oscura le da a la bebida un sabor mucho más fuerte.

Toda renovación implica contrastes; entendiéndolos como ese converger complementario entre lo nuevo y lo viejo, entre el arte y la naturaleza, entre las tradiciones y lo moderno, entre el fuego y el agua. La velocidad de la capital frente a la placidez de Antigua Guatemala, la vieja ciudad colonial, es otro síntoma de ello. Quizá por que parece que el tiempo se detuvo en Antigua; el placer de caminar por ahí es extraño, como si uno anhelase toparse con los Tercios de Indias, esos ejércitos de la colonia que salen en las novelas del capitán Alatriste. Sus calles todas empedradas, como esperando a los carruajes y carretas, los antiguos escudos imperiales – los únicos que aún se conservan en toda América Latina – en la entrada de los edificios más emblemáticos, ver esas puertas con sus soportales y sus viejos zaguanes, sentarse en frente al edificio de la Capitanía – en la vieja Plaza de Armas – para observar el ritmo de la ciudad, tomar una Gallo en la preciosa e intima calle del reloj y bajar hasta el templo del hermano Pedro a observar las fumarolas de los volcanes, sin duda contribuyen a esta impresión. No es aventurado decir que La Antigua respira arte, como si fuese la sangre que corre por debajo de sus viejas alcantarillas. Hay que considerar que es una ciudad trazada en la corte del rey Felipe II, con Juan Bautista y Juan Herrera – aquellos que construyeron El Escorial, un palacio que hizo de la sobriedad un arte – como arquitectos principales. Por esa razón, sus planos son parecidos a los de un juego de Ta-te-ti o gato y quizá por eso mismo encontramos esos preciosos jardines y atrios en edificios detrás de puertas que parecen no esconder nada. En Antigua, todo está por descubrir.

Para tener un sentido artístico completo de Antigua es bueno visitar el Hotel Casa Santo Domingo, un antiguo convento de los dominicos que fue abandonado y hoy es un extraordinario y hermoso hotel. Mi recuerdo es gratísimo, casi al caer la última hora de la tarde, nos acercamos hasta su cafetería y su atrio para tomar un chocolate de agua, una bebida típica de Antigua. Justo en esos momentos, después de sentarnos en el atrio, el hotel se iluminó con 350 velas que dan a los antiguos claustros y capillas el mismo tono rojizo que tiene el ocaso. Todo un espectáculo que nos deja ver cómo las construcciones de la ciudad se iluminaban al caer la noche. Inmediatamente después de semejante demostración, nos invitaron a observar los nichos mayas sobre los que fue levantado el atrio del convento. Con ello, empezó un juego de luces, azules y naranjas que hacen ver al hotel – con sus tonos rojos por la luz de las velas – como un escenario del Drácula de Bram Strokker. Los amantes de lo gótico, no pueden perderse una visión semejante. Después para calmar el susto, y mientras nos tanteamos el cuello en busca de mordidas de vampiro, lo mejor es ir a la Fonda de Enfrente, en la calle del reloj, a comer un pollo al pipían – el plato nacional de Guatemala, servido con una salsa roja de guisantes, papas y judías verdes – o unos chiles rellenos de carne y verduras, con su forma redonda, similares a una torta de papa. Una verdadera joya de restorán, con ese ambiente colonial y ese patio perfectamente decorado en marrón claro que da otro significado a los manjares que sirven.

La vena artística la podemos encontrar también en el Convento de Santa Clara, donde está uno de los panópticos mejor conservados del mundo. El panóptico es una estructura semicircular que está dividido en habitaciones y que servía tanto para educar, como para vigilar y que fue muy famoso en la época de la Ilustración y la Inquisición. En si, desde cualquier habitación es posible ver hacia el interior de las otras. Cada una de estas habitaciones, que servían de cuarto a las monjas, comprende una superficie tal que permite tener dos ventanas: una exterior para que entre la luz y otra interior dirigida hacia el resto del círculo. Así, las ocupantes se encontrarían aisladas unos de otros por paredes y sujetos al escrutinio colectivo e individual de cada una de las otras habitaciones. Fue tan novedoso el concepto, que posteriormente se trasladó a las prisiones del resto de las colonias americanas. La impresión del panóptico se mastica mejor con unos tamales en La Cuevita del los Urquizú, justo en frente del convento, sobre la 2ª Calle Oriente. A diferencia del tamal oaxaqueño o chiapaneco, - mucho más chicos - el tamal chapín está compuesto por carne de cerdo y salsa pipian. En La Cuevita, sin duda, están los mejores de toda Antigua.

Saliéndonos de la ruta artística, podemos apreciar la naturaleza en los alrededores de Antigua. Lo más llamativo es llegar hasta la cima de algún volcán. Guatemala, en general, y el Quiché, en particular, están rodeados de ellos. Son toda una odisea y una experiencia sin igual, por que se logra ver los ríos de lava casi a un lado. La subida en si es dura y es recomendable que se lleve ropa cómoda y unos zapatos tenis o botas, pues se tarda una hora y media en llegar a la cima a través de un camino compuesto de tierra, piedra y hierba. Estar en la cima es una delicia, en medio de la naturaleza y en las faldas de un volcán, sintiendo todo ese calor contenido mientras uno camina por entre las piedras y lava. Lo mejor es subir a la mañana, ya que a la tarde tocará hacer el descenso a casi oscuras por el monte y sin una linterna, es más fácil caerse en ese sitio que sumar dos más dos. Lo interesante de subir a los volcanes es que nos brinda otra cara de Antigua: la de una ciudad muy gentil, rodeada de la fuerza bruta de la naturaleza. Y por supuesto, nos recuerda que fueron ellos quienes ocasionaron el temblor, allá por el año del 1773, que hizo que Antigua fuese abandonada.

En oposición al fuego que se respira en los volcanes de Antigua encontramos las frías aguas del Lago de Atitlán, famoso por que allí se retiró Aldous Huxley a vivir y lo llamó “ el lago más bonito de este y otros mundos”. Sus atracciones son variadas y presenta excelentes oportunidades para todo tipo de deportes acuáticos. Atitlán es un lago volcánico rodeado por una docena de pueblos con el nombre de los apóstoles de Cristo. Su nombre deriva de una palabra que significa “el lugar donde el arcoiris obtiene sus colores”. Por ello, podemos decir que es una mezcla donde las distintas culturas y donde los accidentes geográficos se han ido haciendo hueco unos a otros hasta completar un rompecabezas de dos idiomas, varias razas y seis volcanes con el terrible Toliman a la derecha de Panajachel, el poblado más importante, que cuenta con toda la infraestructura para una estancia de placentera. El lago cubre el territorio de ciento treinta kilómetros cuadrados y la distancia entre las dos orillas sobrepasa los diecisiete mil metros.

Panajachel hoy en día es un pueblo encantador, situado entre plantaciones de café, jardines y vegetación. En la década de los 60 del siglo pasado Pana, como se le dice cariñosamente, fue un refugio de jóvenes contraculturales o hippies, llegando a recibir el nombre de Gringotenango, pero hoy en día es un centro vacacional para los guatemaltecos, que acuden cada fin de semana a sus aguas, ya sea con el afán de navegar o simplemente pasear por sus numerosos pueblos. Aquí, la navegación es esencial para ir a visitar los poblados alrededor del lago. Es importante salir temprano, puesto que a la tarde hace más frío, y por que con la caída de la tarde no se logran observar del todo las poéticas imágenes de la naturaleza de Atitlán. Por que esa, definitivamente, es una de las mejores razones para animarse a alquilar un bote. Las aguas claras y tranquilas, permiten un paseo sin movimientos bruscos, que nos facilita enfocarnos hacia el paisaje y dedicarnos, por ejemplo, a la fotografía o a la contemplación sin límites. Al observar Atitlán desde la distancia, con ese rítmico vaivén que producen las aguas, uno se da cuenta de que el Quiché sigue siendo tal y como lo describe el Popol Vuh: callado, con una extensión hacia el cielo infinita y con esa sensación de silencio y calma que te invade hasta los tuétanos. Un territorio hermoso que envuelve los ojos nada más abrirlos.

Del otro lado del lago está Santiago, un poblado que se distingue por su sabor autóctono frente a todo el movimiento de Pana. Tiene, en su idiosincrasia, un ambiente cálido en el que toda actividad transcurre alrededor de la iglesia, que es su punto de referencia. Lo mejor de Santiago es ir a la búsqueda del Maximón, una deidad sincretica que conjuga en una sola figura a los viejos dioses mayas, Pedro Alvarado (el conquistador del país) y el Judas del Nuevo Testamento. Es una tradición curiosa buscarlo, como si fuese ese juego de las escondidas, en el que nuestro patio de recreo se convierte en todo un poblado. El objetivo es encontrarlo para pedirle alguna cuestión lúdica: dinero, alcohol o mujeres u hombres, según quien haga el pedido. Lo llamativo es verlo, observarlo fijamente y preguntarse qué lo hace tan especial, pues es una figura de madera vestida con pañuelos de colores, con un eterno puro en la boca y billetes pegados por todos los pañuelos. Nosotros lo encontramos en las orfebrerías, después de caminar por todo Santiago preguntando por él. Justo en la puerta, nos dimos en las narices con unos israelíes que compartían la misma preocupación que nosotros por hallarlo. Fue bastante curioso estar ahí, en ese momento tan kitsch: viendo una deidad con los descendientes de Moisés que usaban la kipah en la cabeza. Me vino a la mente ese pasaje bíblico de cuando el profeta sube al Monte a por el Decálogo, encontrándose a la vuelta a su pueblo adorando a un vellocino de oro.

El sincretismo religioso que se ve al observar al Maximón, se profundiza en Chichi, como se le llama brevemente a Chichicastenango, una ciudad situada a más de 2.000 metros de altura, cercada de montañas. En la iglesia de Santo Tomás, que da acceso al mercado, se desarrolla un ritual para recordar a los difuntos, a quienes se les encienden velas y se les lleva alimentos. El templo en si, es esplendoroso, único, de pleno siglo XVI, que nos recuerda que fueron los franciscanos quienes llevaron sus creencias y votos de pobreza hasta estas tierras. Un edificio a todas luces bellísimo, con una simpleza propia de los campos de Castilla. En principio tenía unas gradas, que desaparecieron por ser parte de un templo indígena. En su lugar, se construyó una escalinata, donde se honra a los dioses, quemando maíz e incienso. Cada escalón representa cada uno de los 20 días del mes del calendario maya. Cerca de su base se encuentra un área para encender un fuego, sitio donde se practican diariamente las oraciones. Las ceremonias religiosas son presididas generalmente por chamanes, que sirven como intermediarios Dios y los espíritus mediante un pago simbólico en incienso, copal o aguardiente. La ceremonia consiste en poner en práctica la llamada danza “culebra” en la que podemos ver a los danzantes con una mascara, llevando a manera de estandarte algún retrato. Antes de llegar a la escalinata, van tirando cohetes y cantando. Los hombres llegan con los tzutes o pañuelos ceremoniales, especie de tocado de cabeza que se pone entre la cabeza y la mascara. Las mujeres, por el contrario, usan vestidos de pedrería, espejos, lentejuelas y chinchines que son colocados a mano.

Es aquí, en esta iglesia, donde el padre Francisco Ximenez en el siglo XVII, descubrió el Popol Vuh, la ilustrada Biblia Maya, ocultada debajo de un altar. Estar en Chichi es respirarlo, palparlo, verlo entrar en tus ojos como ese amor adolescente que ves de pie junto al portón de la escuela.

La delicadeza del templo choca de lleno con el caos en el que se convierte la ciudad los días mercado ( jueves y domingo ). Neruda decía que un país se conoce principalmente por sus mercados. Si eso es correcto, Quiché es una zona dominado por el verde, el rojo y el rosa chillón, producto de las telas de la zona, tejidas a mano y decoradas con una calidad insuperable. Es interesante hacer énfasis en el color de las prendas: ninguna será igual a otra.

Ahí, en las ropas o en medio de los manteles, están los símbolos del universo - relámpagos, el sol y los puntos cardinales -, el famoso pájaro quetzal y el jaguar. Es este detalle, lo que llamaríamos la marca de la casa, la diferencia frente a las demás del mundo maya.

A un costado del templo de Santo Tomás está el Museo del Quiché. Para aquellos amantes de la literatura, el sitio es imperdible: posee la única copia antigua del Popol Vuh en todo el territorio guatemalteco, un libro curioso, pequeño, editado ya en una imprenta castellana y a doble versión. El manuscrito original está en Chicago y el cómo llegó ahí es uno de los lamentos más grandes en la Historia de Guatemala: el dueño de la United Fruit, verdadera dueña del país durante todo el siglo XIX, lo compró al gobierno por la escuálida suma de 3 reales de plata – algo así como dos mil euros de la época –. El nombre que figura en el museo del Quiché es el de Manuscrito de Chichicastenango o Siguán Tinamit, que significa "lugar rodeado de barrancos".

Cerca de Chichi están las ruinas de Gumarcaj, la capital del Gran Reino Quiché que destruyó Pedro de Alvarado en 1524 con un incendio marca de la casa y una hoguera que recuerda mucho a las usadas por la Inquisición. El pueblo quiché fue el que se enfrentó a las tropas de Alvarado entre 1521 - cuando los españoles y los mexicas invaden el territorio de Guatemala - y 1524 - cuando cae Iximché, su última capital-. Gumarcaj es una ciudad en la que se puede ver el nivel de destrucción y lo que significó la conquista. Todavía gran parte de la ciudad está enterrada, pues Alvarado la mandó demoler como represalia a un intento de asesinato. Según los cálculos hay más de 200 estructuras bajo tierra, lo que daría una idea de lo grande que fue la ciudad. De lo más destacable es el Tojil, el principal templo dedicado al Balaam, con sus nichos grandes y sus relieves profundos.

Iximché está en las montañas de la Sierra, cerca de Antigua, rodeada de árboles de pino, dándole un ambiente mucho más fresco que Gumarcaj. Conserva un juego de pelota espectacular, que se presta para que te expliquen la profunda simbología del juego – la antesala a la morada de los dioses, la pelota que representa el mundo y el ciclo de la vida –. Las ruinas son espectaculares; todas negras producto del incendio que las destruyó, tal y como lo narra el Memorial de Sololá, ese panegírico sobre la Conquista en Centroamérica. Precisamente aquí, justo después, nació el famoso “Reinado de Goathemala” descrito por Bernal Díaz del Castillo y se instauró su capital llamada coloquialmente Tecpan Guatemala. Al caminar y pasear por estas piedras que fueron testigo de un gran poder, nos da impresión de que el pasado es sólo una imagen, la cual centellea por un instante, y se apaga para no ser vista más. O como dijo un celebre poeta: Quiché, ir y venir, espejo de nuestros afanes. ¿ Por qué, para qué, a nombre de quién ?

Los mitos y las leyendas son parecidos a los viajes: van corriendo con los tiempos, pero sobre todo perduran en la memoria. Para el viajero, el Quiché representa una grata sorpresa, pues con su renovación se nos abren nuevas propuestas y rutas, otras sugerencias e infinidad de expectativas.

… Y aunque el Quiché sea viejo, en un último contraste al pasear por él, debemos tener siempre en cuenta las palabras de Rigoberta Menchú: Éste es un mundo mejor por que es más nuevo y la esperanza, por ende, tiene más sentido.

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